Autor: gunnaryprado

Colaboradora con reseñas, crítica y reflexión en general. Responsable de Gestión de proyectos.

Casa de Muñecas

Por Gunnary Prado

El Colectivo Luna Llena presentó, bajo la dirección escénica de Alba Nava, el pasado 14 de febrero una versión escénica de Casa de Muñecas de Henryk Ibsen. Probablemente la obra más emblemática del teatro moderno en la región occidental y una de las primeras en presentar lo que los teóricos del drama han denominado “pieza” dramática. Una especie del género dramático que tiene como característica principal la no devastación del orden viejo y el restablecimiento un orden nuevo –como ocurre en la tragedia clásica. No obstante, el héroe (en este caso, la heroína) sí pasa por un proceso de anagnórisis (reconocimiento) de su circunstancia fatal y, en consecuencia, opta por cambiar su fortuna individual, aunque el escenario general de la circunstancia se conserve.

La historia de esta pieza gira en torno al matrimonio de Torvaldo y Nora Helmer. Su vida parece encaminarse a una versión perfecta de lo que puede ser: Torvaldo tiene un nuevo y prestigioso trabajo como director de un banco, lo cual los convierte en una familia influyente entre su comunidad. Pero Nora conserva un secreto que no debería ser fatídico ni para ella ni para su casa sino fuera por el empecinado sentido del honor de Torvaldo.  Cuando todo es revelado, la verdadera naturaleza del matrimonio Helmer también emerge. El conflicto de la pieza es que Nora no es más que otro objeto ornamental en ese juego que es la casita de muñecas “Helmer”. Probablemente, es el objeto más importante, pero objeto al fin y no tiene permitido tomar decisiones ni emprender resoluciones por genuinas que sean sus motivaciones.  Nora recapacita en su verdadera situación y decide romper con ella, emancipandose de su condición de objeto hacia la de una persona de decisiones autónomas. Como es de suponerse una revolución de este talante acarrea secuelas.

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Esto no es una reseña

Esta es una mala reseña.

No,

repito.

Esto no es una reseña

Por Gunnary Prado

Esta es una reflexión sobre las circunstancias en las que hacemos el teatro en los últimos días. Me refiero al desplazamiento a los márgenes, el clandestinaje, la ilegalidad y la precariedad de la práctica teatral en nuestra ciudad. Mi reflexión se suscitó a partir de dos eventos que bien pudiera pasar sin notoriedad, o no…. y, preferí que no. Pero me veo completamente restringida para dar fechas, nombres, detalles que pudieran comprometer a las personas que participaron de los eventos, así que estas serán dos historias incompletas (me disculpo de antemano, sé que ese chisme sería más interesante que mi boba reflexión), así que tendré que comentarlas en lo esencial.

Hace poco más de un mes tuve la oportunidad de estar de una flamante reunión donde participaban un grupo muy selecto y prestigioso de creadores de nuestra ciudad junto a influyentes promotores y funcionarios culturales. Las discusiones sobre el estado de cosas de la actividad cultural en Michoacán arrojaron un diagnóstico en el que todos más o menos podríamos coincidir. La parte terrible, por lo menos para mí, fue la certeza con la que se aseguró que el teatro en Morelia no existe.

Esa frase atravesó mi corazón de manera punzante.

Semanas después tuve la fortuna de acudir a la presentación de una obra de teatro que se presentaba en la recién inaugurada librería “La inundación” de la colonia Prados Verdes de nuestra ciudad (el nombre fue seleccionado porque la zona en la que está ubicada se inunda cada temporada de lluvia. Sabemos que en la pasada, el daño fue cuantioso). No es necesario extenderme mucho en lo singular de la presentación teatral en ese espacio, una casa habitación adaptada como librería y al fondo una de sus habitaciones se adaptó como “caja de teatro”, en el que cabíamos unas 12 o 15 personas a lo mucho.  A mí me atrajo la posibilidad de participar de una función de uno de los grupos más antiguos y conocidos de nuestra ciudad. Para beneplácito de todos, la obra presentada fue intensa, interesante, bastante bien interpretada que, al poco tiempo de iniciada, olvidamos casi por completo que estábamos en una reducida habitación, dejamos de ver la precariedad de los elementos escénicos, los problemas técnicos que el director tenía al reproducir los tracks musicales a vista de todos, en fin, dejamos de ver los márgenes de la escena para concentrarnos en el acontecimiento escénico.

Al salir de ahí me sentía llena de entusiasmo por lo que acababa de ver. No recapacitaba en el contexto tan anómalo de la presentación (por todo lo dicho, y además porque la función era por cooperación voluntaria y sólo sería por una ocasión) quería reseñar dicha obra, hacer un homenaje al actor, al director, al dramaturgo por el espléndido trabajo que nos ofrecían a pesar de no contar con las mejores condiciones, lo sentía como un acto heroico, un gesto de resistencia e insubordinación digno de contarse.

Por supuesto, como siempre lo hacemos los teatreros, estaba romantizando la precarización de las condiciones de trabajo, y de este caso en particular.  Pasados los días entré en contacto con el actor y para sorpresa mía se negó a darme una entrevista y al director tampoco le interesó hablar conmigo, ni lo que pudiera escribir al respecto. Más días después poco a poco vino a mí una visión mucho más triste del evento, pero igual de poderosa. Pensaba en aquella frase, el teatro en Morelia no existe.

Me daba cuenta de la doble codificación que había presenciado en la presentación de “la obra”, ella abordaba una historia de pobreza, criminalidad y muerte en una conocida unidad habitacional del Estado de México en los límites con la Ciudad de México, por otro lado, se presentaba bajo un nombre que no le corresponde (presumiblemente porque el grupo no tenían los derechos del autor, y fue esta la razón por la que se negaron a un entrevista en primer lugar), en un espacio que mucho tenía de clandestino.

Todo ello me arrojó a pensar que aquella frase siniestra tenía una dimensión verdadera: el teatro en Morelia no existe. Pero esto no significa que de facto no exista. Claro que sí existe, el teatro de Morelia es ese grupo de teatro y sus años de trabajo, yo cuando escribo sobre él y tú cuando me lees. Sin embargo, esta sentencia venenosa lo que expresa es que no tiene lugar en nuestra sociedad moreliana. Y esto sí se podría fundar de manera más o menos clara cuando reflexionamos sobre el hecho de que no contamos con infraestructura teatral adecuada para el teatro en la ciudad, los foros y teatro independientes son esfuerzos ciudadanos de adaptar espacios disímbolos que funcionan con muchas voluntades incondicionales (y que de otra manera no se sostendrían), sus temporadas teatrales son reducidas y los esfuerzos para llevar público a las funciones son extenuantes.

Yo no quiero volver a caer en la reflexión pueril de que es la economía basada en el sistema del mercado el que ha originado el estado actual de las cosas. Tampoco quiero provocar algún sentimiento de compasión, ni siquiera quiero hacer una reflexión esperanzadora de por dónde podrías empezar a modificar este contexto. Con mi no reseña quiero señalar lo obvio, que más allá de un círculo ligado al teatro por diversas razones (familia, colegas, compañeros de trabajo, intelectuales) la gente de teatro no tenemos un lugar simbólico en la ciudad y nuestro lugar geográfico es cada vez más marginal. Quiero hacer hincapié, no sin cierta incomodidad, en lo hábiles que somos la gente de teatro para levantarnos, andar y volver a fundar cuando hemos sido  desplazados, y sobre todo, quiero reprochar todos esos esfuerzos puestos en erigir proyectos en condiciones de precariedad.

En resumen, quiero hacer una catarsis al mejor estilo aristotélico: vaciar el sentimentalismo para funcionar en la ciudad como sujeto racional.

¿Y después?

Nada

Ya habrá otro día.

bye bye bird

Fotos: Ernesto Villava

P.d. Este año comienza con una de las tragedias más grandes en la historia de nuestro país, porque creo que las personas que murieron en ese incendio conservan su inocencia. Por esa razón, quiero dedicarles mi humilde reflexión…porque como a ellos, a todos nos orillan a que seamos huachicoleros de nuestros propios entornos.

 

Chepita la descalza y Brayan el grandote

Por Gunnary Prado

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Foto: Ramón Merino

El pasado martes 11 de diciembre asistimos a la develación de la placa por 60 representaciones de la obra Chepita la descalza y Brayan el grandote, una dramaturgia y dirección escénica de Manuel Barragán. Esta obra participó del ciclo 2018 del Programa Nacional de Teatro Escolar en Michoacán, que pese a todo sobrevive.  Refiero esto último porque es de dominio público que la Secretaría de Cultura del Estado de Michoacán, dependencia responsable de administrar los recursos del programa ha tenido una gestión muy deficiente en ello, poniendo siempre a los grupos y creadores teatrales a trabajar a contrapelo.

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“El Amor a los 40a. Confesiones y secretos” de Juan González-Bonilla

Por Copérnico Vega

Con la finalidad de promover la reflexión colectiva acerca de los procesos creativos de las obras participantes en la Muestra Estatal de Teatro (2018), se realizaron desmontajes de la mayoría de las puestas en escena con el objeto de conocer los procedimientos y opciones estéticas utilizadas en cada espectáculo.

En el caso de “El Amor A Los 40a. Confesiones y secretos” del actor, dramaturgo y productor teatral puertorriqueño, Juan González-Bonilla, coproducción de Artemática Producciones y Espacio Vacío Teatro, bajo la dirección de Gunnary Prado, quien primero tomó la palabra fue el productor del montaje, Eduardo Guízar y subrayó que el proyecto fue pensado originalmente para hacer temporada los miércoles en el Corral de la Comedia con el único objetivo de llevar entretenimiento a la gente, pero no se logró dicha temporada. Narra que, años más tarde intenta, junto con Gunnary Prado, poner el texto de Luis Mario Moncada “Opción Multiple”, pero ante la premura del tiempo de tener lista una puesta en escena para llevar a buen fin un compromiso de temporada pre establecido con La Casona del Teatro y la complejidad del mismo, deciden posponer el texto de Moncada, y Guízar aprovecha para retomar el fallido proyecto, ahora bajo la batuta de Prado.

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“El amor a los 40a. Confesiones y secretos” en el Teatro Ocampo durante la MET 2018. Foto: Beatriz Ortíz.

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Érase una vez Julia o los que nos salió de los ovarios o emergieron cuerpos del agua

Por Gunnary Prado

 

En mi opinión, la presentación de esta investigación colectiva de Alva Nava, Erandini Alvarado y Yamel El Mosri fue una de las más afortunadas en la pasada Muestra Estatal de Teatro.

La misma se llevó a cabo el día jueves 09 de agosto en el Foro La Ceiba con teatro lleno. La pieza artística tiene su origen en una investigación escénica formulada a partir de la obra dramática Feliz Navidad, Julia de Yvan Bienvenue (Quebec, 1962), pero sobre todo a partir de improvisaciones originales, la construcción de una instalación escénica, exploración de objetos, entre otros procedimientos escénicos. El dispositivo escénico construido por este conjunto de creadoras juega a relacionarse con su público de maneras distintas en cada presentación. De acuerdo a la experiencia que tuvimos en la función efectuada para la Muestra, la pieza alcanzo algunos puntos de comedia en las improvisaciones pero momentos de intensa solemnidad en las exploraciones físicas y con los objetos. Por lo que de entrada, este amplio diapasón de tonalidades escénicas fue bastante grato. Este trabajo colectivo aborda uno de los temas más sensibles para nuestra  actual agenda de asuntos públicos “sin resolver”, me refiero a la normalización de la violencia de género y su multifacetismo en nuestro entorno actual.

La pieza tiene tres momentos imprescindibles: el primero, cuando cada una de las tres jóvenes actrices relatan episodios personales de violencia que han experimentado mientras se “autodepositan” en una bolsa de basura. Esta confesión tan personal es una declaración política subrepticia que nos pone a todos a reflexionar sobre momentos en nuestra vida donde fuimos blanco o ejecutores de violencia física, verbal, afectiva, sexual, etc. La pregunta latente en esta parte es: ¿cómo he sido capaz de hacerlo? O, ¿cómo he sido capaz de tolerarlo? Precisamente por la normalización de la violencia de género. Otro momento importante de la pieza son las improvisaciones con respecto a la violencia infringida a las mujeres en el ámbito de la vida pública de manera regular y sistemática, digamos por ejemplo, el transporte público. Evidentemente, estos momentos causaron hilaridad, sin embargo, en la repetición del hecho se iluminó “el elefante blanco de la sala”, del que casi nadie habla: todas nos hemos visto expuestas a la agresión sexual en la vía pública, de manera distinta y en distintos grados pero agresión al fin, y eso, ¡eso debe parar! Finalmente, el tercer momento es la escena de las “feminazis”. Las actrices representan a tres feministas radicales comprometidas con la campaña de desaparición de los hombres (porque ¡hombre muerto no viola!). Por supuesto que esta escena es un satirización de los estereotipos reduccionistas y los prejuicios que la sociedad en general deposita sobre las feministas, activistas, mujeres políticas, luchadoras sociales, pensadoras, filósofas, artistas, entre otras.

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Yamel El Mosri, Erandini Alvarado y Alba Nava. Foto: Gunnary Prado

 

Existen otras partes del dispositivo escénico que adquieren relevancia sólo en el marco general que las escenas antes descritas han configurado. Me refiero aquellas acciones simbólicas con agua (una constante en torno a las desapariciones forzadas de mujeres, donde estas después de ser asesinadas son arrojadas al agua), con ropa de mujer, con herramientas y objetos punzocortantes con los que literalmente se tortura a un pepino y una cebolla (verduras con forma fálica). De estos momentos, más bien simbólicos, el más destacado fue el final, donde las tres actrices se “autoguardan” en una maleta de viaje, en atención al sin número de mujeres desaparecidas que han sido asesinadas y encontradas dentro de maletas tiradas a la nada.

Las integrantes del colectivo en el Desmontaje realizado por iniciativa de El Foro y este portal compartieron los anales del proyecto y los derroteros que fue caminando para tomar la forma actual. Por su testimonio supimos que en un inicio la investigación fue enteramente de gabinete, en consideración que invirtieron muchos meses a indagar en las estadística oficial y no oficial a nivel nacional de agresiones, violaciones, feminicidios, desapariciones, etc. contra las mujeres. En un segundo momento se realizó un mapeo de la violencia en Morelia y varios meses después se abordó la escena, inicialmente con ejercicios de exploración e improvisación.

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Érase una vez Julia… en el Foro La Ceiba. Foto: Gunnary Prado

 

Uno de los datos alarmantes que encontraron las destacadas actrices fue el de que en México ocurren alrededor de 120 mil violaciones al año, lo que equivale a decir, que aproximadamente cada cuatro minutos una mujer es violada, asesinada, acosada, etc. Este número tan estremecedor fue representado simbólicamente en la escena también,  mediante una alarma que sonaba exactamente cada cuatro minutos a lo largo de toda la pieza. Evidentemente, al principio, los que espectadores no identificamos ni asociamos ese sonido a algo en particular, no fue sino hasta muy avanzada la pieza, que el mismo adquirió identidad. Esa revelación fue estremecedora.

La sorpresa para mí fue la risa. Ante el tremendismo del contenido que aborda la pieza (muerte, esclavitud, humillación) en más de una ocasión me encontré a mí misma riendo sobre lo que veía y escuchaba. Las actrices consideran que la risa es liberadora, y que sólo después de esta liberación estamos listas las personas para cuestionar las relaciones entre mujeres, la repetición de esquemas patriarcales entre mujeres y hombres, las relaciones que mantenemos con los feminismos (sus contradicciones, divergencias, semejanzas). Es posible decir, que todo el ejercicio escénico atiende un principio ineludible: el reto del (los) feminismo (s) es dialogar.

Es importante apuntar que aunque la obra presenta distintas situaciones y registros actorales, las actrices no se identifican con un personaje propiamente construido, por el contrario, se presentan a ellas mismas atravesando las distintas zonas que recorre la pieza. En consideración a esto, la pieza no se repite de la misma manera nunca. No obstante que existen marcas que hay que abordar, el orden de todas las zonas son previamente discutidas. A decir de las intérpretes, la premisa es: discutir previamente a la función el orden de la estructura. Es así como el miedo, los afectos, los sentimientos en general que se reproducen en escena cambian, evolucionan, avanzan conforme la experiencia escénica se acumula.

Un ejercicio así tiene la peculiaridad de oscilar entre dos polos, lo artístico y lo político. A pregunta expresa de esta reseñadora, las actrices se decantan por respetar las inquietudes de cada una de las participantes, las cuales son muy similares entre sí y que se pueden resumir diciendo: es necesario sostener el discurso pero existe una preocupación expresa por la cuestión estética. Obviamente una pieza tan alternativa como esta no tiene ensayo, lo que tiene en su haber es una reflexión sobre los acontecimientos, y si aceptamos que el acontecimiento es sobre todo la relación entre las intérpretes y el público, es una reflexión sobre ellas dialogando con lo colectivo.

Para mí, nunca fue tan claro qué es el teatro como lo fue en esta ocasión.

 

Los humanitos

Por Gunnary Prado 

Una pieza escénica que, como se explica en el programa de mano, es un monólogo que cuenta la historia de la humanidad desde una perspectiva alternativa. Dice, “busca explorar una historia no eurocentrista”. Fue presentada por el actor y director Julio Toledo Ocampo en el marco de la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2018; de acuerdo a su testimonio al finalizar la función es la primera vez que participa en esta convocatoria o en alguna otra de la Secretaría de Cultura estatal.

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Julio Toledo. Actor y director. Foto: Gunnary Prado

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La otra Edna

Por Yamel El Mosri

Las palabras que a continuación escribo han sido pensadas y re pensadas, incluye un par de borradores inseguros y muchas ganas de tener claridad en mi pensamiento, algo en lo que me he esforzado conseguir.

La otra Edna presentada en la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2018 es una obra actuada por Lizeth Rangel. Al inicio de la función que presenciamos en el marco de esta Muestra, Edna (la actriz interpretada por Rangel) nos recibe en el vestíbulo con flamante sonrisa, alcanzo a ver que los espectadores se contagian y reaccionan de igual manera, Edna comienza a llamar a su público y se provoca un poco de desorden (por la cantidad de gente que éramos, imagino).

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