Encuentros con Lehmann (Segunda parte: Les Sangs)

Por Gunnary Prado

Ya he dicho que el propósito del “Seminario Lehmann” era abordar críticamente un puesta en escena (posdramática o dramática). El primer ejercicio, es decir, el ejercicio posdramático lo hicimos en torno a un fragmento de la pieza Civil wars de Robert Wilson en una versión adaptada para televisión.  (Les comparto la música, compuesta por Philip Glass de dicha obra: The first part of The Civil Wars: A Tree Is Best Measured When It Is Down by Robert Wilson with collaborative effort of David Byrne, Philip Glass, Gavin Bryars and several other artists.)

La obra en vivo que analizamos fue Les sangs (Las sangres), misma que formó parte de la programación del 25° Festival Internacional de Teatro Universitario.  Esta nota es una reseña a esa experiencia. Una reseña crítica que se realizó con la luz de la exposición de H. T. Lehmann.

Les Sangs es una puesta en escena basada en la novela de horror homónima de Audrée Wilhelmy. La adaptación es de Joanie Fortin y la dirección escénica es de Camila Forteza. La compañía que presentó la obra se llama “Le Bain public” y es un colectivo integrado por jóvenes actores, recientemente egresados de la Escuela Superior de Teatro de la Facultad de Artes en Quebec, Canadá. Este trabajo estrenó en el mes de mayo del 2017 en el Studio d´Essai Claude-Gauvreau, de la misma Escuela Superior.

La puesta no podría ser categorizada como un ejemplo de teatro posdramático puro, mas bien se compone de recursos de las formas dramáticas y posdramática, como son elementos del teatro brechtiano -narración escénica, estética de cabaret- junto a la interpretación dramática.

La función de la que participamos se presentó en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario en la Ciudad de México, el jueves 16 de febrero.

Al inicio de la función lo que se podía apreciar era un espacio desnudo, mejor dicho, desvestido. El relación entre espacio escénico y espacio del espectador es frontal y esta frontalidad no sé romperá en toda la obra. Observamos una composición escénica con los actores y los elementos escenográficos: cinco mujeres colocadas al fondo sobre cubos; al frente dos hombres: uno está en ropa interior y el otro, también semidesnudo, con un mandil puesto. Todos aguardan la entrada del público y la tercera llamada. La primera impresión es que estamos frente a un tablado que recuerda a el escenario de un centro nocturno o un cabaret, diseñado en varios niveles y vestido con una alfombra roja. Este tablado en el marco del “edificio teatral” nos remite inmediatamente a la puesta en abismo, es decir, a una convención de teatro dentro del teatro.

Conforme se desarrolla la obra observamos que, echando mano de objetos diversos, sobre ese tablado “aparecen” otros espacios de la historia, por momentos observamos un comedor, una recámara, un ático, una estancia, así sucesivamente, todo ello con tan sólo algunos elementos icónicos: plato, mantel, florero, sillas. Además, se observan elementos de carácter simbólico, por ejemplo, al frente del tablado alfombrado, desde el principio está colocada una pecera. La misma no tienen ninguna función en particular, sino hasta el final, vemos como con ella el actor protagónico construye la metáfora de un río y entonces el elemento se integra a la composición.  A través de una luz acotada mediante “calles”, “cenitales”, “frontales definidos”  y un enorme candil colocado al centro que apenas ilumina, se definen espacios de luz muy tenue, generando una ambiente de penumbras con cierto tamiz erótico. En el proscenio hay hileras de pequeñas bombillas que recuerdan la candileja del tablado teatral del cabaret. Con la poca luz y el apoyo de la “niebla” se genera un ambiente lúgubre que recuerda algún tugurio o prostíbulo. Al mismo tiempo es una atmosfera siniestra, macabra.

En un momento determinado, esta atmósfera cerrada y lúgubre se rompe (en el sentido brechtiano) y entonces observamos una luz general, más blanca y diáfana, que muestra toda la boca escena y “las entrepiernas”,  así como la platea completa. Este momento es precisamente uno discursivo que sale de los marcos de la ficción para interpelar al público con el posicionamiento de una de los personajes en relación al tema central de la obra: la violencia y el asesinato de mujeres.

La historia se desarrolla como una “presentación escénica” de seis mujeres que tiene en común haber sostenido una relación sentimental, sexual o marital con Barthélémy Rü, el protagonista de la histora. Este ha asesinado a cada una de ellas. De esta manera, la obra es una “exposición teatralizada” de cómo cometió estos crímenes.  Además de cinco actrices y el actor protagonista, hay un segundo personaje varón que hace las funciones de valet y de “maestro de ceremonias”, parodiando a los propios personajes femeninos después de que cada una de ellas da el testimonio de su vida y muerte con Barthélémy Rü (como ya he dicho, todo esto dentro de una lógica del teatro dentro del teatro). Hacia el final, después de la “(re) presentación de la vida y muerte” de todos los personajes, observamos como el espacio se va “descomponiendo/desgarrando”, en concordancia con la evolución de los personajes y el progreso de la fábula.

Esta historia se comunica al espectador a través de dos formas principales, por un lado, texto narrativo a una sola voz o en voces corales y la encarnación de los personajes. El tema de la obra es sumamente dramático (es decir, el conflicto o colisiones que se desarrollan a partir de ese tema son sumamente potentes, enfáticamente acentuado por el contexto actual en nuestro país) que además es presentado bajo una estética teatralizanda, es decir, la muerte de estas mujeres es un espectáculo orquestado en complicidad con Barthélémy Rü, el valet y la anuencia de las mujeres.

La experiencia se fue densificando y conforme avanzó la obra fui sintiéndome cansada y abrumada. A pesar de que en términos espaciales, la escena es sencilla y limpia, la “convención de teatro dentro del teatro”, “la representación de los encuentros sexuales, las muertes, la violencia extrema de esas muertes”, sumando la descomposición de los personajes y el escenario, fueron aglutinándose hasta que aquella saturación se hizo difícil de sobrellevar (muy probablemente este era el propósito).

Con estas superposiciones de representaciones -habría que decir que vemos varios niveles de representación:  Rü está recordando los asesinatos a través de la lectura de un diario que ha hecho escribir a sus propias víctimas, luego, tenemos: la historia literaria del diario, la rememorización al re-leer ese diario, la representación en el imaginario de Rü de los acontecimientos, y la obra de teatro como tal que estoy mirando- estamos frente a una espiral de ficciones donde la violencia queda filtrada o diluida hasta perder su sentido. Todo el tiempo se habla de la muerte pero esta realmente nunca se ve.

En términos estéticos la obra le apuesta a una doble (hasta cuádruple, creo) codificación para comunicar el sentido de lo que interesa: la (re) presentación de la violencia, pero no cumple funciones de denuncia sino de disolución. Del único que “no se escribe” o se “teatraliza” su muerte, es de Rü. Siendo así, todo parece estar encaminado a esa muerte. Mientras que la muerte o sacrificio de las otras mujeres aparentemente son escalonadas y autodeterminada para este propósito. Como si la verdadera víctima fuera Barthélémy Rü.

Mi percepción es que el tema es controversial para el momento que estamos viviendo en el país. Estamos frente a una coyuntura paradojica: las obras de teatro que recuperan este tema pueden, 1) denunciar y focalizar el problema, 2) re-victimizar a las mujeres (Seguramente hay una tercera o cuarta vía, pero no la estoy pensando ahora mismo). Paradójicamente la puesta abona a la re-victimización más que a la denuncia (sin que sea atribución de la puesta en escena en sí, esto está dado en relación directa al contexto de la función).

Aunque, en términos formales y estéticos la obra es clara y limpia, a mi parecer no es contundente. La misma estructura episódica la vuelve hasta cierto punto previsible. Oscila entre una “ilusión de la realidad” que nos invita a comprometernos emocionalmente y un “rompimiento con la ilusión” que hace reflexionar sobre lo que estamos viendo, pero este último gesto no se logra, ¿por la barrera del lenguaje (la obra está en francés)? ¿por la misma metáfora del discurso? ¿por las capas de superposición de los niveles de representación? Algo hay de todo esto.

Es necesario enfatizar que el contexto de acentuada violencia de género de lxs espectadorxs mexicanxs produce tensiones que modifican la mirada sobre la puesta, que se diferencia del contexto en el surge la obra (Quebec), donde no existe este contexto en particular. Por ejemplo, en el programa de mano encontramos esta presentación: “seis mujeres eligen poner sus vidas en las manos de un hombre. La novela de la autora quebequense Audrée Wilhelmy, la cual remite a la historia de Barba Azul, es adaptada a escena, de tal forma que los muertos pueden hablar en el podio e inmortalizar sus oscuras fantasías.”

No es difícil de suponer que mientras que para la compañía esta pieza es una estetización teatral de un tema universal en la literatura, para lxs espectadores en México es una “parodia” de la tragedia actual que viven mujeres, hombres, transgénero, transexuales, derivada de la violencia (incontrolable) de género.

En conclusión, aunque la ficción dramática es autoreferencial no puede ser autónoma del contexto “de lo real”. En palabras más sencillas: ¿qué coños hacemos con la violencia hacia las mujeres en el teatro?

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