Todas tenemos la misma historia – Contrapeso

Por Said Soberanes

Podemos enumerar las distintas estrategias con las que los hombres hemos eludido aceptar y cambiar la estructura en la que fuimos educados; es decir un patriarcado como sistema de poder que prefiere que éste esté distribuido entre hombres, por lo que se organiza el conocimiento alrededor de la desacreditación del discurso proveniente de una mujer. “Así me educaron”, “No todos los hombres”, “ya nadie toma las cosas con humor”, “Estás loca, esas cosas ya no pasan”, “Pues así funciona el mundo y hazle como quieras”. Podemos llenar 4000 caracteres de argumentos para no cuestionarnos y culpar a todo lo demás, sin poder responsabilizarnos como hombres.

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Foto de Said Soberanes

La obra de la agrupación teatral Contrapeso, “Todas tenemos la misma historia”, con texto de Dario Fo, dirigida por Roberto Briceño y actuada por Sheyla Rodríguez, provoca todos esos resquemores, molestias y pretextos de autodefensa para no reconocer el privilegio sistémico. La primera, la simplona, la que alguno ya se habrá hecho: “¿Todas tienen la misma historia? ¿Segura?” (Como si sólo demostrando sin discusión el absoluto lógico es que la argumentación será legítima) es la que termina por angustiar en esta jovial y cómica obra.

En una escenografía minimalista, que se contextualiza con iluminación general de varias tonalidades, y que atrae la atención del espectador por medio de una tenue luz bajo una cama en el centro del escenario, Sheyla Rodríguez cuenta con fluidez y detalle dos historias que son el reflejo una de la otra: La historia descarnada de cómo una mujer se embaraza y tiene una hija, y una historia para la hija, la de una niña y su muñeca. Todo esto dentro de un lenguaje tosco, que rehúye a la propiedad de un discurso formal, con el que Darío Fo intenta incomodar, la obra violenta al espectador mientras le hace sonreír, la crítica es directa contra un sistema que juzga desigualmente a hombres y mujeres, desde la sexualidad hasta la maternidad. Y no podría caer esta discusión en mejor tierra fértil.

La comunidad teatral moreliana ha tenido últimamente como uno de los temas más usuales de sus puestas en escena las causas del feminismo, ya sea explícitamente como esta obra, o lateralmente, pero la cuestión de la justicia guiada por el género es problema fundamental.

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Foto de Said Soberanes

Sheyla Rodríguez ha crecido actoralmente, su presencia y su energía están en su control y sabe expresarlos de acuerdo a la necesidad del público, aunque resalta en este montaje cierto tono didáctico, más aun en el relato de la muñeca.

El constreñido espacio escénico en el que Briceño decide llevar a cabo todo el montaje, pequeño espacio que no deja nunca de ser un dormitorio, es testigo del mismo acto de violencia que no ceja de repetirse en ese cuerpo femenino: Hacerla madre quiera o no quiera, lo busque o no. Si una mujer, aun cuando no quiera, está obligada a aceptar la semilla que el hombre otorga, si la primera libertad sobre su cuerpo es mistificada como obligación natural. ¿Para donde moverse? Es una mera rutina repetitiva que constantemente termina, que sólo vuelve a empezar cuando da fruto a otra semilla.

Los dos discursos que se ponen en juego en esta obra serán el de la maternidad libre (exhibiendo una maternidad asumida por resignación), y el disenso, siempre el disenso. Tenemos derecho a disentir. Si no podemos disentir, siempre viviremos la misma historia de resignación y olvido; donde nuestra grosera y rebelde muñeca de la infancia se ahogará en la mierda de un hombre autoritario (Que estamos en un mundo patriarcal que da el poder al hombre, no se olvide, no se resigne). La resistencia, el disenso, el abierto diálogo de lo diferente con lo otro, es llevar esa muñeca en el corazón, riendo.

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Foto de Said Soberanes

Si no respinga por aceptar que las cartas están manipuladas, que hay que poner hasta los ases bajo la manga en la mesa, o si sí lo hace; esta obra merece ser discutida y pensada. Se estará presentando en Foro Eco los días lunes y miércoles de Febrero, a las 8:30 pm.

Si todas tienen la misma historia, si casi todas tienen la misma historia, si la mayoría tienen la misma historia, si existe una historia de abuso de poder, tendríamos que discutir como amamos, como discutimos, como somos, más que buscar argumentos de descrédito. Como hombres, nos toca pensarnos, escuchar, no asumir más nuestra preeminencia en este mundo, escuchar, cambiar la forma en la que hacemos vida y amor, escuchar; como mujeres, sepan que no van solas, que esta injusticia es real, que se espera silencio de su parte, pero no callen, no están solas, vamos juntas.

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