Del angustiante acto de cuidar (La cría – Producción Escénica SE)

Por Said Soberanes

Una jaula en el centro del escenario recibe al espectador, los asientos la rodean en tres de sus frentes, y ese cubo en medio del corral escénico, aún sin actores, se siente opresivo, apretado; dentro, un cuarto empobrecido y decadente. La sensación de un voyeurismo de zoológico, viendo lo que no quisiera ser visto, y es con esa sensación que comienza la obra de La cría escrita y dirigida por Carlos Talancón, de la compañía Producción Escénica SE, presentada el 1 de diciembre, en el marco de la 38 MNT.

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Foto de Pili Pala. Cortesía de Producción Escénica SE

Merecedora de una mención honorífica en la emisión 2014 del premio a joven dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo, la historia narrada parece relativamente sencilla: Unos padres (Milleth Gómez y Javier Sánchez) enjaulados necesitan mantenerse produciendo alimento para su cría, un ente que siempre está afuera de escena pero que define todo lo que sucede dentro de ella. La visita de un inspector, proveniente de otro afuera que sólo observa y no ayuda, les insta a decidir que su servicio por la cría debe ser total, absoluto, es la madre la primera que decide mutilarse un miembro para poder atender las necesidades de la cría. Sin ser específicamente un hijo, un dios o un monstruo inconcebible, la cría recibe su alimento del amor y del constante cuidado de sus padres.

El dispositivo escénico a cargo de Miguel Moreno, permite conservar ese tono de sinsentido, donde la religiosidad y una paternidad absurda se mezclan creando un mecanismo infame de cuidado; gracias a ello, la obra se encuentra repleta de escenas hermosas (¿la palabra sería hermosa?) como la decisión de ambos padres de entregar todas las extremidades posibles al ente que habita afuera, o el delicioso final que nos regresa a la experimentación, al sexo que generó ese ser insaciable. Lamentablemente, hacer los laterales de la jaula lugares habitados por el público, hace que se pierdan muchas de estas escenas, por ejemplo, el retorno de la madre luego de sacrificar su primer extremidad a la cría: El silencio y el pausado ritmo de la escena se vuelve inútil para los espectadores que no podíamos ver a la madre en el costado donde estábamos.

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Foto de Pili Pala. Cortesía de Producción Escénica SE

La actuación de Milleth Gómez engloba tormentosamente los límites del cuidado como acción humana. ¿Cuánto entregar de uno mismo para que el otro sea capaz de ser? Los caminos que decide tomar el personaje de la madre son tan intrincados y dolorosos, que cuando su meta es destrozada por ella misma, sólo para volver a comenzar, el público queda huérfano de sentido. ¿Por qué se está realizando lo que sucede en escena? ¿Por qué no deja de realizarse? ¿Por qué repetirlo? Reconocemos el sinsentido porque lo vemos transitar por el padre, Javier Sánchez, que duda, critica y finalmente cede ante la prueba en extremo severa. Ambos trabajos son realizados con precisión y logran crear dos personajes memorables por tormentosos.

Sabemos reconocer en esta puesta en escena un espíritu kafkiano, actos sin sentido que son más dolorosos y angustiantes en tanto que no nos permiten salir del laberinto que estos mismos actos generan; pero en esta obra no estamos ante un adentro inexpugnable, hay dos afueras que juzgan y definen los actos de los cautivos. El del inspector que cumple el papel de observador cínico del horror, como un super-yo petrificado pero malicioso y el de la cría que somete y priva de la libertad por ser el deseo absoluto encarnado, un ello insaciable al que se intenta saciar. El resultado de este ejercicio psicoanalítico de satisfacer absolutamente la pulsión del ello, darlo todo y darlo ahora, es aterrador, abismalmente angustiante y divertido. Sí, muy divertido.

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Foto de Pili Pala. Cortesía de Producción Escénica SE

Esto pone de manifiesto un problema concreto en el discurso, ahora tan presente en las artes escénicas, del cuidado como acción responsable de hacerse cargo del mundo dado: Resolver el cuidado de los tuyos es agonizante, porque los cuidados hacia los tuyos son infinitos y realizarlos te vacía. Esta mezcla escénica de un universo sin sentido que se ve activado por un monstruo que es todo sentido posible, genera un mundo que no deja de ser angustiante porque su única opción, ser amables uno con el otro, cuidarnos ya que estamos aquí, se contempla como un hoyo negro, como un dolor infinito que no cesará nunca.

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