La MET de Chihuahua: 10 días, 12 historias, un propósito (segunda parte)

Continuamos con la crónica de lo que se vio en la Muestra Estatal de Teatro de Chihuahua que se celebró en Ciudad Juárez en agosto de este año como en muchas otras latitudes del país. Ciudad Juárez es una ciudad que se ha destacado en los últimos años por mantener una fuerte y creciente actividad teatral. Los invitamos a que conozcan a sus compañías y creadores.

La primera parte de esta crónica se puede consultar en: LA MET DE CHIHUAHUA: 10 DÍAS, 12 HISTORIAS, UN PROPÓSITO (Primera parte)

Norteatro

De risa y melancolía

La tarde del domingo el Centro Cultural Paso del Norte alojó dos presentaciones. La primera, Esa melancolía que le da a uno a veces, llenó el foro experimental Octavio Trías. La fuerza de este drama, escrito por Alejandro Ricaño y producido por la compañía chihuahuense La Bodega, radica en la construcción de la profunda soledad que experimenta un personaje femenino a partir de la recreación de sus recuerdos rodeados en un tono risible. El humor negro en el que se envuelve visibiliza el límite de aquello que puede o no resultar divertido, además de suspender los prejuicios morales para mostrarnos la vida desde su perspectiva más íntima y ridícula. A lo largo del montaje, el espectador disfruta de una situación que en realidad resulta bastante denigrante, aunque también hay momentos que propician la reflexión, los cuales se compaginan con recursos técnicos como el juego de luces para un ambiente más denso, y el cambio de música. Sin embargo, la clave principal radica en el juego de voces, gestualidad y movimientos por parte de las actrices (Melissa Baca y Lizzeth Loya) que le dan vida a la protagonista. Uno de los grandes aciertos de esta propuesta consiste en desdoblar a esa figura en dos cuerpos –el director Rubén Jordan aclaró que la dramaturgia de Ricaño no incluye acotaciones ni nómina de personajes, lo que abre muchas posibilidades a pesar de estar estructurada como monólogo–. Dicha resolución compensa la soledad y representa la oportunidad de reírnos de nuestra propia desgracia si se refleja en alguien más; por eso, cuando ella sentía esa melancolía que le da a uno a veces –padecimiento que según la teoría medieval de los cuatro humores se relaciona con la reflexión y la obscuridad– su otra parte desaparecía. A pesar de que el desdoblamiento disminuye la presencia masculina y de que la figura del profesor de dramaturgia (Rogelio Quintana) aparece caricaturizada, el discurso que conlleva la obra resulta un tanto machista. Seguro, esa no era la intención. Sin duda, la puesta en escena nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos, a observar lo que tenemos enfrente y preguntarnos: ¿Cada cuánto experimentamos esa melancolía ineludible en todos, o la reconozcamos aunque sea solo por un instante?

05 Melancolía a veces

El duro arte del entierro

La segunda función del domingo correspondió a la ganadora de la MET: Deconstrucciones o de cómo enterrar sin escarbar, dirigida por el juarense Alan Posada, una propuesta fresca y comprometida (con todo y soundtrack). El Laboratorio Escénico Teatro de Fronteras apostó por la creación colectiva para poner en marcha la dramaturgia de actor, la cual corre codo a codo con sus pares y en paralelo. Este modo de hacer teatro concilia voluntades y lima protagonismos para llevar a cabo –y paso a paso– la concreción del espectáculo, donde la materia prima proviene de la experiencia íntima de todos los involucrados en los ensayos, lo que compite en autoridad con las indicaciones del director. El ejercicio escénico supone el enfrentamiento a la figura paterna motivada por un mismo evento (el fallecimiento del padre) que hermana a todos a través de la corporalidad del cadáver. El escenario principal del Centro Cultural Paso del Norte, compartido entre actores y público en los laterales y proscenio, sostuvo por casi dos horas los ejes estructurantes del drama: uno muerto y el otro en constante metamorfosis. Si por un lado el cuerpo del padre (Tulio Villavicencio) habita siempre el espacio escénico evitando vacíos, los múltiples personajes cómicos e incidentales que Abraxas Trías trae a escena funcionan como pausas o respiraderos. No obstante, la última figura, un tal reportero que para variar también es hijo del difunto, y que de la nada nos dice que había venido siguiendo al grupo, sobra; Comparte la misma condición de fraternidad que todos los demás, por lo tanto no es secundario… y no debería aparecer al cierre de la trama. A unos cuantos meses de distancia, nos preguntamos ¿por qué Deconstrucciones ganó la Muestra? Quizá por el duelo revestido de comedia, la carcajada escondida en el temor a la pérdida, el viaje iniciático del que no se puede regresar igual. Pero de seguro, hay algo más: la imposibilidad de enterrar sin escarbar. Por ello, las pausas en las que los protagonistas se alejan de la ficción, rompiéndola, resultan estremecedoras. Estos cortes que sirven de transición entre escenas le dan título, sentido y valor a la obra, pues la sinceridad y la valentía con la que cada personaje sale de sí y expone frente a una intensa luz su relación familiar, de alguna forma u otra, se convierte en una emotiva palpitación ante la mirada de todos aquellos que ahondamos en tiempo real entre un zigzagueante pasado que nos dio la oportunidad de encontrarnos cara a cara en ese convivio efímero al que llamamos teatro.

06 Deconstrucciones

Luna en primera persona

La infancia de Luna, dirigida y escrita por Adrián Almeida junto con Valeria Loaeza, fue la propuesta con la que Shin Espectáculos Teatrales participó durante el cuarto día de la MET. Sus elementos escenográficos son pocos, mas no por ello pobres. Un tapete de colores (foamy) y un cubo, como únicos elementos, sirven a todos los intereses. El vestuario de Luna (interpretado por Cristina Córdova Trevizo) es propio de una diva. El trabajo de la intérprete resulta irreprochable: de su experiencia como artista clown obtiene recursos precisos para la interpretación de una multiplicidad de personajes. El rompimiento inmediato y permanente de la cuarta pared establece un vínculo que la audiencia agradece. Mientras la protagonista, actriz de 50 años, espera en su camerino, aprovecha para presentarse al público (al real en el foro Octavio Trías) y contar su historia, enfocándose en sus cuatro, ocho y doce años. Durante este recorrido autobiográfico nos enteramos de los problemas con el Chiquilín, del terrible carácter de su maestra de primaria, de sus incursiones a la música y al ballet, de su voz desafinada al cantar (aunque ella no lo reconozca) y del incondicional apoyo de su padre. A ritmo acelerado, entre risillas y carcajadas, la actriz (la ficticia) nos cuenta su vida, su camino al éxito. Llega entonces un cambio de ritmo: Luna se enfada con su padre, quien le escribe una carta, y aquí, en el punto más importante, la puesta en escena se cae. Un mensaje moralista no hubiera sido desacertado si se hubiera quedado solo en eso, pero luego se insiste en él, dando al traste con un muy buen trabajo. El asunto de La infancia de Luna, según comentó el autor durante el desmontaje, radica en el mensaje: “Sé lo que quieras, pero sé la mejor”. Y no tiene nada de malo que se haya basado en ello para su creación; sin embargo, lo convirtió en el tema (casi lema), en la idea principal, con lo que se queda uno al final. Quizá esto funcione para el público adolescente o juvenil (para quien va dirigida la obra); no obstante, los más pequeños (el tapete de colores lo sugería y por ello había varios niños en la sala) desviaron su atención después de la primera historia, claro, cuando la edad de Luna coincidía con ellos. Ahora bien, la canción “Cuando seas grande”, de Miguel Mateos, además de anunciar el inicio y fin de la puesta, junto con otras alusiones como el sistema educativo, introduce al espectador en una época determinada, allá por los 80’s; es decir, muchos chistes y comentarios solo los podían comprender gente adulta, para quienes, seguramente, el final resultó simple. Pese a ello, la propuesta de Almeida nos ofreció un espectáculo lleno de risas y juegos, que también invita a reflexionar sobre los valores familiares y la importancia del esfuerzo desde chicos.

07 Infancia Luna

Desde la mejor sastrería de Chihuahua

El foro Octavio Trías abrió de nuevo sus puertas para la puesta en escena del siguiente montaje: Pelones y pelucas. La obra, dirigida a un público de todas las edades, aunque prioritariamente infantil, recrea la época de la Revolución Mexicana a través de la voz de una costurera ya entrada en años, quien nos cuenta sus vivencias desde su local: la “mejor sastrería de Chihuahua”. Dos de sus maniquíes dibujaron mediante movimientos, acrobacias y gestos (propios del clown) los hechos históricos traídos a cuento; así, dieron vida a acontecimientos donde los nombres de Pancho Villa, Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Álvaro Obregón, entre otros, se hicieron presentes. El rompimiento de la cuarta pared permitió a los asistentes participar en el montaje (no solo como público), situación que niños y grandes disfrutaron al intervenir, como si se tratara de una fiesta infantil con piñata, en determinados momentos dictados por la improvisación. Los elementos escenográficos incluían una puerta de madera, como entrada a la sastrería, con un letrero que anunciaba si el negocio se encontraba abierto o cerrado (detalle que dio inicio y fin a la obra); así como distinta utilería (una escalera, un balón de futbol, globos, escopetas de madera) que permitió resignificar los hechos históricos desde el paralelismo de nuestro ahora. En cuanto a la apariencia externa de los actores, el vestuario y maquillaje provocaron el interés a primera vista: Oralia Erives, la costurera, parecía realmente una anciana; el estrafalario peinado del personaje interpretado por Javier López fue todo un foco de atención; José Sandoval, el clown “tonto”, utilizó un gorro que arrojaba talco, emulando a un ferrocarril. Su actuación dotó de comicidad todo su quehacer en escena. Sin embargo, pese al buen performance, la narración carecía de cohesión; aunque se ofrecieron datos precisos, esta información se acercó más a un documental narrativo y, dado que la mayoría del público era infantil, la exactitud histórica siguió rígida sin volverse familiar. Así que el espectáculo resultó, al final, clown como fin en sí mismo y no como técnica o medio de transmisión. De igual manera, la sastrería, como espacio diegético y escénico (representado y representante), no ocupó, ni aún como testigo directo de la Revolución, un valor significativo más allá de la simple elección de un local. Sin embargo, se agradece el esfuerzo por acercar a las más chicas –quienes sin duda se unieron al festejo propuesto por los actores– a un tema tan relevante dentro del pasado de nuestra región.

08 Pelones y pelucas

 

Fin de la segunda parte.

 

Todas las fotos son de: Umberto Carlos Morales, fotógrafo independiente juarense.

El equipo de Norteatro está integrado por:

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