LA MET DE CHIHUAHUA: 10 DÍAS, 12 HISTORIAS, UN PROPÓSITO (Primera parte)

Norteatro

Este año la sede de la Muestra Estatal de Teatro de Chihuahua se transportó a la frontera, cosa que no ocurría desde el 2009. Ciudad Juárez fue testigo, durante más de una semana, del talento de varias compañías, concentrado en sus puestas en escena. Del 4 al 13 de agosto, el teatro Víctor Hugo Rascón Banda, el foro Octavio Trías y el café-teatro Telón de Arena llenaron sus butacas para dar vida a doce historias. Cada una de ellas, con su propio estilo, tema y público, tenían un objetivo en común: representar, ante la comunidad fronteriza, el arte escénico que se hace en el estado. El equipo del Centro de Investigación y Documentación Dramática Norteatro tuvo la oportunidad de asistir al Encuentro de Teatro (días antes de la MET), presenciar la programación completa, acompañarla con anuncios y reseñas, además de participar como moderadores en las mesas de desmontaje. En esta ocasión nos ocuparemos de hacer un recuento crítico de lo ocurrido en los escenarios durante aquella semana y media. Agradecemos la invitación de Sinestesia escénica, página hermana con quien compartimos objetivos, a Karina Murillo por ponernos en contacto y la colaboración de Graciela Solórzano (en la reseña de Kame hame ha) y Joel Amparán (en Infancia de Luna). Todas las fotos fueron captadas por Umberto Carlos Morales, fotógrafo independiente juarense.

 

01 MET cartel

“El mundo se acaba, Flores”

Telón de Arena arrancó el 2017 con la puesta en escena de Fuenteovejuna, a casi cuatro siglos de que el “Fénix de los ingenios españoles” la escribiera y se publicara en la Docena parte de comedias (1619), convirtiéndose en una de sus obras más representativas. Bajo la dirección y versión libre de Perla de la Rosa, el montaje volvió a presentarse en las propias instalaciones de la compañía juarense para dar inicio a la MET. Su adaptación nos situó en un ambiente local que funciona como muestra o punta del iceberg de todo un país manchado por la impunidad, la desigualdad y la violencia. Pronto los espectadores reconocimos el contexto juarense a partir de ciertas acciones y elementos escenográficos y de vestuario como la inclusión de música norteña en vivo, las batas de maquiladora de Laurencia (Claudia Rivera) y Pascula (Laura Galindo), el cambio de zapato bajo a tacones –práctica bastante cotidiana entre las mujeres que trabajan en la industria– y la pinta de las ya emblemáticas cruces rosas, así como el intento de taparlas por parte del gobierno cuando vino el Papa. La inclusión de videos con casos específicos de corrupción, por su parte, saca de golpe al espectador de la obra para insertarlo en la situación actual. Todos estos aspectos, acompañados de gran parte del texto de Lope de Vega (cabe mencionar que la dicción en verso de la mayoría de los actores tuvo un adecuado volumen, tono y pronunciación), de ese grito desgarrador de Laurencia, generan una crítica no solo hacia las autoridades actuales sino también hacia la comunidad que, por miedo, ignorancia o cualquier otra situación de confort, permanece inmóvil ante los agravios de figuras como el Comendador, el cual por momentos pareciera gigante e inderogable (como cuando la sombra del actor Tulio Villavicencio abarca todo el escenario). El final de la obra plantea una posible solución; sin embargo, ¿qué tanta participación nos atreveríamos a tener? ¿Caeríamos en dudas como Mengo o tomaríamos el mando como las mujeres del pueblo? El ruido provocado por las piedras y palos que se reparten entre el público representa una pequeña muestra de ello. A pesar de que en ciertos momentos, a los actores les faltó demostrar toda esa fuerza dramática que implica el sentimiento y la convicción de “morir, o dar muerte a los tiranos”, sin duda, la voz final de Fuenteovejuna se volvió un eco en lo profundo de la sociedad en la frontera.

02 Fuenteovejuna

 

“Si ves un sombrero cruzar el polvo”

Un par de horas después, en el foro Octavio Trías, se presentó San Sipriano Redentor y los Lágrima Team a cargo de Teatro Bárbaro, compañía procedente de la capital del estado, con más de seis años en la escena nacional. La esencia de un incógnito pistolero, oriundo de Santa Catarinita de las Revueltas, tomó cuerpo, fama y forma en un espacio escénico construido con una marquesina y el tronco de un árbol (muy a lo Godot) a expensas de un foro repleto de expectación, paliacates y sombreros de paja. El actor Rogelio Quintana encarna la estampa de un forajido del oeste con tintes de sicario, cuya destreza con el gatillo, transmitida a través de una ágil coreografía propia de un bailador de tap, lo ha convertido en el protagonista de corridos que resuenan en la “Unión soberana de repúblicas pueblerinas de San Sipriano Redentor”. La mortandad que lo acompaña se convierte en producto rentable para toda la comunidad: desde los enterradores (Miguel Serna e Iván Mena), hasta el chamán, el hombre de negocios y el padre Serafino, interpretados por Héctor Magnum (también escenógrafo). El sindicato de plañideras (Yaudé Santana, Fátima Iseck y Rosa Peña) descifra la fórmula perfecta: “si no hay llanto, no hay purificación, y si no hay purificación no hay una paga desinteresada”. El relato oral a cargo del tuerto Malaquías (Armando Seáñez) y del Perro flaco maricón (Tania del Castillo) –eco de la pareja protagonista de Final de partida de Beckett–, nos pone al tanto de la biografía de un hombre de pocas palabras y de infalible puntería. Este santón guarda en la falta ortográfica (el verdadero Cipriano se dedicaba, en Antioquia durante el siglo III, a la brujería, conjuros y exorcismos, hasta que un día al fracasar en un hechizo se convirtió al cristianismo) la denuncia de lo que no queremos ser. El humor negro y la ironía del montaje, cuenta el director Luis Bizarro, nos remiten “a la violenta, sucia, oportunista y brutal realidad en que está sumido el país desde hace años”. No obstante, la experiencia teatral funciona a partir de la dramaturgia del autor, el juarense Raúl Valles: indagar en actos que se escapan a la ilustración o referenciación inmediata y prescindir de la empatía racional. De aquí que el vínculo entre significado-significante se rompa constantemente, por lo que el nivel de nuestra realidad aparece en la imaginación del auditorio con toda su profundidad y vigencia. Lo cotidiano, signado por el temor y la violencia, no se suprime sino que se diversifica; el negocio de la muerte y el miedo nos resultaron tan familiares en esta “pertinente ficción de un cómic sobre la realidad” a la que fue imposible darle la espalda.

03 San Sipriano

 

“¡Cuatro mil especies de sapos!”

El sábado 5 de agosto, el foro Octavio Trías registró un sobrecupo en la segunda participación de Teatro Bárbaro. El caimán y los sapos, del juarense Edeberto “Pilo” Galindo, busca la confrontación con el receptor por medio de una historia cruel e impactante acerca de la trata de personas. Tres actrices dieron vida al doble de personajes: El Caimán, Ramiro, La Mami, un reportero, Patricia y Andrea. El dispositivo escenográfico consistió en un volantín en el que se recrearon todos los espacios; sin embargo, más allá de su uso estético, contiene una función simbólica, es decir, representa la niñez arrebatada a las dos protagonistas. La trama se desarrolla a partir de la entrevista que Patricia le otorga al reportero (basada, lamentablemente, en un caso real sucedido en Tenancingo) sobre Andrea, quien fue devorada por un anfibio después de fracasar en su intento por huir de su proxeneta, El Caimán. En él se condensa toda la maldad, el miedo y el crimen organizado que sustenta su negocio: la explotación sexual. Los sapos, por su parte, son todos los que lo protegen: “Las hermanas, la mamá, los cuñados, toda la familia está involucrada en el secuestro de niñas para prostituirlas”, incluso todos aquellos, quienes por temor o indiferencia, simplemente ignoran la situación. La risa desesperada y el llanto impotente de Patricia frente al periodista le reprocha que su reportaje no servirá de nada; el relato estremece en lo más profundo al espectador, pues ese grito, ese reclamo resuena en cada asiento. Otro momento bastante impactante sucede cuando las tres actrices se bajan del volantín para enfrentarse cara a cara con el público; su llanto y sus manos sobre la boca señalan la imposibilidad de tantas mujeres para decir algo, para defenderse, y pusieron a prueba la templanza de cualquiera. Se trata, pues, de una obra difícil de representar y tortuosa para quien la presencia debido a la gravedad del asunto. No obstante, como el mismo director Luis Bizarro lo señaló, uno de los propósitos del montaje es prevenir a la población –en especial a los jóvenes– sobre el fenómeno de la trata llevado a cabo por medios cotidianos y en múltiples lugares, así como sensibilizar al espectador respecto a este tipo de crimen. Cabe destacar que gran parte del público estuvo conformado por asistentes del Encuentro de juventudes que coincidió con la MET y que, además, por ser los últimos en entrar les tocó sentarse en el piso, a un par de metros del espacio escénico ubicado al centro del foro, lo que aumentó la tensión propuesta. Las puestas en escena de Teatro Bárbaro nos obligan a abrir los ojos ante soluciones posibles en mundos que ojalá fueran solo de ficción.

04 El caiman

 

Fin de la primera parte.

 

El equipo de Norteatro está integrado por:

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