El lado oscuro del arcoiris – Impacto Escénico y Producciones Serroot

El día martes, como parte de la programación de los “martes de teatro en el Ocampo“, se presentó la obra El lado oscuro del arcoiris, de las compañías Impacto Escénico y Producciones Serroot, escrita y dirigida por Adriana Torres, con las actuaciones de Eri Reyes, Alma Aburto, Mariana Torres, Jorge Arael, Arturo Hernández y la misma Adriana Torres.

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Foto por Said Soberanes

Aún cuando la dramaturgia es autoría de Torres, la historia que se cuenta sigue de cerca la vida de la actriz principal Eri Reyes, contándonos su proceso de aceptación de su sexualidad y cómo esto ha tocado su vida privada y sus relaciones interpresonales. Comenzando por el medio, nos relatan la violencia de una pareja (Era y Ara) por reacción a todas las cosas que han enfrentado, para después irnos relatando entre Era y una bohemia, que sirve de interlocutora y guía espiritual, la forma en la que llegaron a esta violencia y lo que ocurre como consecuencia de estos actos. Hasta que, después de la muerte de su abuela, Era reconoce que el amor también se experimenta en su pasión que realiza en ese mismo instante: El teatro. El motor de acción de esta obra es la contraposición entre la crueldad y el amor.

Aquí debo hacer un alto antes de extenderme con mi apreciación de la obra que vimos, para señalar un valor fundamental de este montaje: Al encontrarse respaldada por una comunidad extensa (integrantes ellas de la comunidad LGBT) que si bien no llenó a su totalidad el teatro, sí fue en abundancia y con entusiasmo; este trabajo fue aclamado como la celebración y el reconocimiento de un esfuerzo que se repite en cada una de sus vidas, como lo es confrontarse con la mirada agresiva y dura de una sociedad que les desdeña por motivo de su sexualidad. La obra cumple claramente con la función de posicionar, visibilizar y distinguir, desde uno de los espacios culturales más peleados por la comunidad teatral michoacana, la agenda de la comunidad lésbica de Morelia.

No tengo fotografía del momento, pero justo en el instante de dar las gracias, Eri Reyes salió con una bandera de arcoiris que agitó con entusiasmo y fue por ello ovacionada por sus compañeras; de la misma forma, la mención al entrañable actor michoacano Miguel Estrada (QEPD), puede parecer innecesaria para la historia, pero fundamental para el papel político que tiene la historia de reconocer la existencia de esta comunidad. Estos actos nos muestran la funcionalidad del teatro para dialogar con este grupo.

Creo profundamente que esto debe hacer el teatro, hablar con una comunidad desde la comunidad misma, jamás asumir que la gente con la que dialogas tendría que tener tu postura del mundo, sino dialogar directamente con las posturas del mundo que se encuentran a tu alrededor. Dicho esto y aplaudiendo esta función y esta claridad en el uso del espacio teatral como herramienta política, social y comunicativa, me avoco al montaje escénico.

Mi primer comentario tiene que ser que la obra sufrió bastante por el caos técnico que observamos dentro de ella, momentos riesgosos como la desestabilización del sofá que es parte de la escenografía, o los tránsitos de iluminación mal medidos, que hacían difícil acompañar la historia, elementos musicales que no terminaban de sonar, y unos cuantos errores de trazo, hicieron muchísimo ruido en la obra, dificultando su apreciación.

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Foto por Said Soberanes

Hay que tener en cuenta, para las actrices en escena, que hace falta más trabajo vocal y de bifrontalidad (Particularmente en el caso de Alma Aburto que se estrenó en los escenarios con esta obra, en el que su atención radicaba más en el público que en la historia que estaba contando); en ocasiones se hacía difícil seguir los textos, y en otras el tono de las actrices rebotaba entre la comedia, el melodrama y la tragedia.

El texto de este biodrama  pocas veces hace uso de la acción para contar la historia y la mayoría de las ocasiones tenemos que depender de la narrativa de Era para entender las motivaciones de los personajes. Del mismo modo, la función del personaje de la bohemia (representado por Mariana Torres, de quien jamás entendí el motivo de hacerla cubana) parece limitarse a aleccionar y servir de brújula moral a lxs espectadorxs sobre lo que estábamos viendo, y su lenguaje variopinto hacía de los pasajes clases de psicología, sociología o género, cuando las más de las veces intentaba ser un momento de distensión. Los intermedios musicales siempre quedaron en un “como sí”: Las actrices a veces cantaban, luego no, a veces hacían play back, y a veces sólo bailaban, este limbo es visible y extendía una obra que de por sí fue larga en escenas donde ni las actrices se veían cómodas, ni yo entendía para qué sucedían.

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Foto por Said Soberanes

Uno de varios giros dramáticos (Donde toda la violencia y el desacuerdo de la pareja será motivo de la hechicería y brujería que los padres de Ara han tratado de hacer contra la pareja) es inverosímil y silencia de tajo un problema presente en la obra desde el principio: El amor no es violencia. Pero en la fábula contada, el amor es amor y si es violento es por motivos ajenos a la pareja. Este punto me parece grave dejarlo de lado, aún cuando en el resto de las intenciones de la obra concuerdo.

Hay que aplaudir en la dirección, sin embargo, dos cosas: El diseño escenográfico es modesto en sus elementos, pero logra, al reducir el largo escenario del Ocampo por la mitad, generar una sensación de opresión y ahogo en toda la historia que sólo se rompe en la escena romántica del reencuentro al abrir el telón y dejarnos respirar también a nosotros en ese momento de dulzura. Esa sensación de opresión genera, como segunda cosa plausible, escenas que no sólo conmueven sino que tensan y duelen, sencillamente duelen. Hablo sobre todo de la escena donde Era sale del closet, donde se revela como lesbiana ante sus padres.

Ante una Era dolida por la negativa de los padres de Ara por aceptar su relación, sus propios padres le increpan sobre esto y ella decide aceptarlo y confrontarles. El resultado es una escena brutal que termina con una disculpa pública por parte de Era por ser tal como es. El tema es grave, pero su escenificación es desoladora.

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Foto por Said Soberanes

Insisto, para terminar, que aún cuando pueda ver dificultades técnicas en el desempeño del dispositivo escénico, hay en este tipo de trabajo comunitario y público una relevancia faltante en varios grupos de la ciudad, que es el diálogo con los grupos concretos de la sociedad, asumiéndose como parte de ellos, o al menos como nuestros interlocutores directos. Me interesará ver como crece esta obra o como se transforma gracias a su diálogo abierto.

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