Don Juan Tenorio en Michoacán

 

Por Gunnary Prado.

Este año es uno memorable para el Don Juan Tenorio de José Zorrilla en Michoacán. Varios hechos se cruzan para dar a esta emisión un carácter destacado. Uno de ellos ( y este orden no es precisamente por su relevancia) es que se cumplen 200 años del nacimiento de don José Zorrilla, poeta, narrador y dramaturgo que nacería en Valladolid en 1817 y moriría en Madrid en 1893; también se cumplen 40 años de que de manera ininterrumpida se celebre la escenificación en Michoacán de la que quizás sea la obra más famosa de este autor; finalmente, por primera vez, desde que se realizó esta obra (en esa ocasión dirigida por el Mtro. José Manuel Álvarez), la producción del Don Juan Tenorio de Michoacán no contó con el apoyo de las institución pública (o contó con él de manera mínima, ya llegaré a ese punto) y se ha realizado por el esfuerzo independiente de la comunidad teatral de Morelia.

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Todos estos eventos, aunque se entretejen de manera extraña, son dignos de analizarse con paciencia y por separado. A continuación, quiero hacer un recuento y acercarme una discusión latente en torno a esta producción. La dificultad mayor (y al mismo tiempo la gran ventaja) es que este año participé como actriz en la producción. Así que mi mirada está configurada por mi experiencia al interior de la puesta en escena, mi convivencia con el equipo de producción; también, por los muchos años en que he seguido esta obra desde fuera, desde aquél lejano 1997 en el que participé en la comparsa y me inicie como admiradora del esfuerzo que se hace año con año para llevar a cabo esta obra; finalmente, también influye este comentario las innumerables discusiones que he tenido con los colegas del gremio en torno a la pertinencia, vigencia, viabilidad, propósito de la obra para nuestro contexto actual.

De Zorrilla sólo conocemos su don Juan… ¡que desperdicio!

Empecemos por lo más obvio, ¿conoce usted alguna otra pieza literaria de este gran poeta, mucho menor dramaturgo, hombre de letras y teatro, que además vivió en México? Si es así, mi total respeto y admiración. Por mi parte, debo ser muy honesta y confesar que hasta hace algunas semanas yo no conocía mayor cosa de Zorrilla, ni sabía de la importancia de su figura y su obra; mucho menos sabía del significado de su visita a nuestro país.

Ahora bien, el consuelo de tontos, digo de tantos, es que no somos los únicos que hemos olvidado a este autor. En España como en México, Zorrilla ha quedado confinado al olvido. Ya no se re-edita su obra; no se investiga, ni estudia, si acaso se le menciona, muy apenas, cuando se hace algún recuento de escritores clásicos en lengua castellana. La única obra que ha mantenido presente la memoria de este autor, es precisamente, Don Juan Tenorio. Yo le aseguro que frases como:

“¿No es verdad ángel de amor / que en esta apartada orilla / más clara la luna brilla / y se respira mejor?”,

están completamente incorporadas al dicho popular, utilizadas para distintos contextos y probablemente más de algún despistado no sabe el origen de estos versos que inmortalizarían a Zorrilla y conformarían de una vez, y para siempre, el mito de Don Juan.

El pueblo es sabio, y el pueblo de su época como el pueblo de la nuestra lo sigue ovacionando: “porque lo que es evidente es que, si ha habido un poeta popular, este ha sido Zorrilla, que encarna también todos los tópicos acumulables de escritor impráctico, pobre —recordemos las deudas del padre de las que se hace cargo, su desgraciada vuelta de Méjico cuando creía que allí había encontrado su futuro al lado del archiduque Maximiliano, su venta a Delgado de sus derechos, en particular los de Don Juan Tenorio, etc.—, soñador y enloquecido, si bien mucho de todo esto se deba al propio interés de él mismo por mostrarse de esa manera” (Ballesteros y Estévez, 2017; 1).

Zorrilla es un escritor del siglo XIX que imitó a los grandes escritores áureos del siglo XVI y XVII como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina. Que se opuso al hegemónico Romanticismo de la época, influjo importado de Francia; anteponiendo una mirada maniquea y cristiana sobre un exaltado modernismo y nacionalismo, propios del Romanticismo.

“Y el pueblo se identifica con el poeta, gusta de estas narraciones en verso, algunas verdaderas obras maestras que hoy se pueden leer con el mismo gusto que entonces, pues forman parte de nuestro patrimonio legendario, como es el caso de «A buen juez, mejor testigo» o «Margarita la Tornera» o «El capitán Montoya». Las capacidades descriptivas, su técnica teatral a través de los diálogos y, sobre todo, el mantenimiento del interés, la graduación de los momentos climáticos, su capacidad digresiva y la musicalidad del verso, son los quilates que se atesoran en la mayor parte de sus leyendas. […]” (Ballesteros y Estévez, 2017: 2)

Alfonso Cortés recupera estas claridosas palabras de Zorrilla: “«Señores: yo no sé si mi drama es bueno o malo, pero sé que es español. Soy muy amante de mi país, y nada he querido tomar de los franceses. Mi comedia presenta reminiscencias del teatro antiguo, es verdad, pero repito que la he querido hacer española.»” (1943: 246, en Ballesteros y Estévez, 2017:3) El propio Zorrilla se siente menor como dramaturgo que como lírico o narrador. Paradójica situación, si recordamos que ha sido el personaje dramático de Don Juan, quien lo ha inmortalizado.

Como escritor de teatro, Zorrilla emprendió una resistencia interesante, en medio de la vorágine romántica, definida por los principios estéticos de Víctor Hugo en el Prefacio a Cromwell (en el que básicamente se hace una reivindicación de Shakespeare frente a la tradición neoclásica), completamente depositados en su gran Harnani;  ante la vehemente imposición del Sturm und drang alemán de la mano de los hermanos Schlegel, Goethe o Schiller; tenemos un poeta que recurre a su propia tradición oral, arcaica, popular y toma como modelos los grandes maestros del Siglo de Oro español para escribir sus obras literarias (en el fondo este también es un gesto romántico: pues si algo diferencia este movimiento literario es la recuperación de la tradición cultural nacional. Así es como el Romanticismo tuvo en Europa tantos rostros como países: el romanticismo español, en parte tuvo rostros áureos gracias a Zorrilla). Sin embargo,

“No es que Zorrilla abandone los presupuestos de Romanticismo [como ya habíamos afirmado], a los que siempre se mantendrá sujeto, sino que interpreta la necesidad general de hacer un drama nacional y se pone manos a la obra. Para una parte de la crítica esta reivindicación nacionalista no es más que una fachada, pues su imitación de los modelos auriseculares [aquellos que ya se ha señalado: Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, también Fernández de Moratín] no es fiel. […] En obras como Más vale llegar a tiempo que rondar un año, Ganar perdiendo, Vivir loco y morir más, Cada cual con su razón o Lealtad de una mujer y aventuras de una noche, [¡efectivamente, Zorrilla tiene otras obras a parte del Don Juan Tenorio!] se calcan el juego escénico, las convenciones —como las agniciones constantes—, incluso el mantenimiento de la unidad de tiempo, rasgos todos tópicos de la comedia de lances de Siglo de Oro. Otra cosa es que no haya una adaptación a una audiencia radicalmente diferente a la que poblaba los antiguos corrales de comedias; la semántica del personaje en toda la producción de Zorrilla es reflejo de los nuevos tiempos, sus héroes son románticos, al igual que el lenguaje, ajeno a las ingeniosidades y complicaciones discursivas de nuestros clásicos.” (Ballesteros y Estévez, 2017: 3)

¿Qué dice usted después de que dice “don Juan Tenorio”? 

La obra del Don Juan Tenorio es una obra teatral sin muchas complicaciones literarias, en todo caso, su carácter polémico siempre ha caído en asuntos externos a la organización interna de la obra. Sin duda, la obra es dinámica en su entramado –y por lo tanto dinámica en su realización escénica-, clara y sencilla en su organización fabular; el verso y lenguaje transparentes que la hacen sumamente atractiva; sus personajes delineados con finura son directos en sus propósitos, lo que permite que el espectador siga con interés la trayectoria. Los problemas de esta obra, radican en las innumerables traiciones que Zorrilla hace al mito del burlador. Ya que en lugar de condenarlo por su voracidad, sus vicios y su arrogancia, lo reivindica en el último segundo, convirtiendo a esta obra en una apología del amor. Sí del amor, me explicó por qué.

En su época, como en la nuestra, esta transformación del don Juan ha sido cuestionada. La cristiandad del siglo XIX observaba la peligrosidad de un planteamiento como este: casi una autorización para ser el peor de los villanos con la seguridad de que si adviniera el arrepentimiento en el segundo pertinente, el alma y la vida eterna sería salvaguardadas. En nuestra época, la discusión gira en torno a “la probable apología de la violencia”, de manera particular hacia la mujer, que la obra pudiera estar promoviendo. Porque don Juan Tenorio, don Luis Mejía, el propio Comendador don Gonzalo de Ulloa van en su trayectoria maniatando, utilizando, violentando, esclavizando a la los personajes femeninos como la cándida doña Inés o la desamparada doña Ana de Pantoja, etc.

El asunto del que se derivan todos estos problemas, es muy sencillo: el orden no se restablece porque nuestro personaje no es condenado al morir. En las versiones previas del mito de don Juan, -p.e. el Burlador de Sevilla de Tirso de Molina- la justicia llega con la muerte o la condena del bribón. Zorrilla decidió que no, que su don Juan se salva y obtiene el perdón divino por dos razones: porque la bellísima doña Inés, entrega su alma a cambio del alma de don Juan, y porque éste, se arrepiente a los pies de la sepultura de doña Inés. Veamos cuando don Juan llega al panteón que erigió su padre y frente al mármol sepulcral de doña Inés dice,

don Juan. ¡Hermosa noche!… ¡Ay de mí!

¡Cuántas como ésta tan puras

desatinado perdí!

¡Cuántas al mismo fulgor

de esa luna transparente

arranqué a algún inocente

la existencia o el honor!

Sí; después de tantos años

cuyos recuerdos espantan,

siento que aquí se levantan

(Señalando a la frente)

pensamientos en mí extraños.

¡Oh! Acaso me los inspira

desde el cielo, en donde mora,

esa sombra protectora

que por mi mal no respira.

(Se dirige a la estatua de doña Inés, hablándole con respeto)

mármol en quien doña Inés

en cuerpo sin alma existe,

deja que el alma de un triste

llore un momento a tus pies.

[…]

¡Oh doña Inés de mi vida!

Si esa voz con quien deliro

es el pistrimer suspiro

de tu eterna despedida;

si es que de ti desprendida

llega esa voz a la altura,

y hay un Dios, tras esa anchura

por donde los astros van,

dile que mire a don Juan

llorando en tú sepultura”

(Zorrilla, 1884)

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Foto de Anabelle Pérez Santillán Cuitzeo, Michoacán, México 2017

La lectura generalizada es que la obra es “moralmente cuestionable” porque promueve la violencia hacia la mujer, porque “don Juan es un personaje arquetípico, el arquetipo de la desigualdad, es el antihéroe, rico, asesino, corrupto y violador, el cual libra sus desventuras por su carácter burgués y temerario. Es la versión escenificada de nuestros políticos, de los Porkys, de los feminicidas de clase alta. No sabemos ni cómo lidiar con ellos ni cómo recuperarnos socialmente de sus actos, somos incapaces de reconocer una justicia en la tierra. ” (Figueroa y Soberanes, en Reseña del don Juan Tenorio en Sinestesia Escénica).

Yo no me opongo del todo a esto que se señala. Pero me interesa resaltar la otra cara de la moneda y, que en todo caso era el propósito de Zorrilla, la cara del amor. Nadie parece leer, ni dar valor íntegro al amor, a la ternura, a la compasión que sí promueve a cabalidad esta obra. El mensaje “moralmente cuestionable” del don Juan Tenorio de Zorrilla es más una lectura anacrónica a una obra del siglo XIX en la que nada se sabía de “perspectiva de género”, “feminismo”, “derechos humanos”, “lucha civil por la igualdad entre las personas”, etc. ¿Qué misoginia más clara que aquella que no permite ver el valor y la importancia del amor de doña Inés? Aquel sacrificio que hizo esta joven frente a Dios, de entregar su cuerpo y su alma por un hombre que apenas conocía; o, ¿qué misoginia más clara que aquella que no permite ver el valor y el coraje en la confianza que entrega a su prometido doña Ana de Pantoja la noche antes de su casamiento? Entregándole la llave de su castillo para que don Luis Mejía entre en sus aposentos sin restricciones, y que éste la pueda velar hasta el día. Para la época, que una mujer hiciera este gesto de confianza era realmente un riesgo. Y así la obra está plagada de gestos de amor y confianza. ¿No será que en el fondo no sabemos qué hacer con el amor? Por eso nadie lo lee, ni nadie lo reivindica.

Si acaso hay alguna lectura que quisiera contravenir la potencia negativa de don Juan y en general de los varones de esta obra, debería ser aquella que señalara que la verdadera vulnerabilidad de doña Inés no estribó en la osadía de don Juan, en los engaños de Brígida, o en el descuido de la Abadesa, sino en su falta de experiencia. Doña Inés no conocía del mundo, pero sabía que estaba siendo engañada; su ingenuidad fue su punto más débil, la hicieron presa fácil de la conspiración de don Juan y Brígida por un lado, y del dominio de su padre por el otro. Si en mis manos estuviera la dirección escénica de esta obra, enfatizaría este hecho. Pienso que hay que dejar que las niñas y las mujeres conozcan el mundo, auto gestionen su existencia, busquen sus propios recursos, permitir que las mujeres se defiendan solas. Aplicar un principio que dictaría: yo no quiero un feminismo que me señale como víctima, quiero un feminismo que me permita darme cuenta de que soy víctima.

Amén que podemos seguir debatiendo y pensando estos temas no podemos olvidar que,

“El éxito del Don Juan Tenorio de Zorrilla fue tan extraordinario que el imaginario popular ya no puede entender el mito si no es a través de los versos del escritor vallisoletano. Pocos años después del estreno la costumbre de representar esta obra en la noche de Difuntos se ex tiende por toda la geografía hispánica hasta, prácticamente, llegar a nuestros días; y el texto genera toda una serie de obras escénicas, poesías, novelas y ensayos, inexplicables sin el modelo.” (Ballestero y Estévez, 2017: 5)

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Foto de Anabelle Pérez Santillán Cuitzeo, Michoacán, México 2017

Temporada número 40 de Don Juan Tenorio en Michoacán ¿dónde quedó el presupuesto?

Por supuesto que la falta de apoyo financiero para la realización de la temporada 2017 no es el tema más relevante de la puesta en escena de este año, (¡afortunadamente!) Aunque sí determinante para la singularidad de la emisión.

La puesta en escena de esta obra cumplió 40 años de su realización ininterrumpida y la pregunta latente, cada vez más patente, es la viabilidad y pertinencia de su realización. Pregunta que se embiste con todos los problemas anteriormente señalados: “¡¿debe seguir financiándose una obra misógina como el don Juan Tenorio?!”, “¡¿Por qué se invierte dinero público en una obra que no aporta nada al teatro michoacano?!”, pero aún, “¿qué relevancia tiene para nuestra comunidad esa obra empolvada, aburrida y turística?” Anteponiendo una disculpa a todos aquellxs que se puedan sentir aludidxs, pero creo que estas preguntas están hechas desde la ignorancia. Como siempre, es necesario hacer un poco de historia.

En el año 1979 (la obra se inicia en el año 1977, pero no existe registro de quién encabezó esas primeras versiones) el dramaturgo y director José Manuel Álvarez, a quién le hace falta una justa biografía y la recuperación de su obra dramática, decidió realizar esta obra en Michoacán y con apoyo del Instituto Michoacano de Cultura, con el actor Manuel Guízar como don Juan. José Manuel dirigió consecutivamente la obra de teatro desde ese año hasta 1996. En 1997, la batuta escénica de esta obra fue tomada por Alfredo Durán Torres. Este paso tan simple que se lee aquí oculta la evolución del teatro en Michoacán.

Es muy difícil hablar con veracidad de estos temas, ya que son pocos los testigos que sobreviven a esa época, y muy pocos los documentos que recogen esta historia (no obstante, sí existen algunas fuentes que pueden ser consultadas, por ejemplo: la biografía que realizaría Marco Antonio Aguilar Cortés (2015), “Manuel Guizar”, en Tesoros michoacanos, SECUM; de Alfredo Durán (2007), “Sergio Magaña”, en Roberto Sánchez Benítez y Gaspar Aguilera Díaz (coord.), Creadores de utopías, SECUM; el testimonio y acervo fotográfico que tiene José Luis Rodríguez Ávalos, entre otros); pero de viva voz de lxs compañerxs más veteranxs de la puesta en escena del don Juan Tenorio sabemos que en los años 70ª en Morelia había por lo menos tres figuras que delineaban la actividad teatral en nuestra ciudad: uno) José Manuel Álvarez, quien a través de su taller realizado en el teatro del Seguro Social, del cual formaron parte emblemáticas figuras de la escena estatal como Sofía Rojas, Graciela Morales, Ana Jacobo, Francisco Bautista, entre otros, realizó memorables puestas en escena como fueron “El arca de Noé” de Rafael Solana,  “Inés de Portugal”, “El Sótano de los tiliches” de su propia autoría; dos) también estaba el grupo de teatro del maestro Mario Enríquez del que formaba parte Manuel Guízar; tres) Sergio Magaña, originario de Tepalcatepec, que fue maestro de teatro en la Casa de la Cultura y que para esa época ya era un connotado escritor de teatro con reconocimiento a nivel nacional

En las manos de ellos tres estaba el timón que dirigía la actividad teatral de mediados de siglo XX es decir, eran los más relevantes, aunque no eran los únicos (es necesario mencionar a lxs maestrxs de la época como son Maricela Lara, Guillermo Ibarra, Dalia Coria, Rodrigo Villamil, Ángeles Saggiante, entre otros, quienes también dirigieron, formaron actores, actrices y participaron de varios proyectos de teatro). Fue precisamente la mancuerna de Álvarez y Guízar (que también veremos en el histórico “Pito Pérez”) que mantuvo vivo el mito de don Juan por largos periodos; personaje que le permitió a este actor michoacano destacarse y formar parte de la Compañía Nacional de Teatro durante siete años. El paso a la dirección de Alfredo Durán significó el arribo a la escena estatal de una nueva generación de actores, actrices, creativos, colaboradores en general; eran aquellxs que nacimos muy cerca del fin de siglo, y que nos tocaría realizar nuestro trabajo teatral en el siglo XXI.

Esta nueva generación tenía diversos orígenes, algunos eran creadores que se habían formado fuera del Estado y ahora regresaban a ocupar un lugar en el panorama estatal; otros eran originarios de ciudades del interior del país o de la Ciudad de México y llegaban a Morelia hacer su trabajo teatral; unxs más proveníamos de la recién inaugurada licenciatura en teatro de Facultad Popular de Bellas Artes. Tal y como yo lo veo, la puesta en escena del don Juan Tenorio fungió como plataforma en la cual año con año se visibilizaba y se incorporaba a los creadores del Estado a la actividad teatral; también sirvió como dispositivo que reorganizó el paisaje teatral de fin de siglo de nuestra ciudad. Creo que algunas de estas funciones todavía las cumple.

Sin dudarlo, querría hacer mención de lxs directorxs y actores que participaron en esta obra durante los 40ª años que hoy se festejan,

Año Director  directora Actor que interpreta a don Juan Tenorio
1977 Sin definir Luis Couturier
1978 Sin definir Luis Couturier
1979-1988 José Manuel Álvarez Manuel Guízar
1989 José Manuel Álvarez Humberto Pineda
1990-1996 José Manuel Álvarez Humberto Pineda
1997 Alfredo Durán Manuel Guízar
1998 Alfredo Durán y Roberto Briceño Humberto Pineda
1999 Alfredo Durán Sergio Bustos
2000 Alfredo Durán Manuel Guízar
2001 y 2002 Alfredo Durán Juan Carlos Remolina
2003 José Solé Manuel Guízar
2004 Jesús Herrera Manuel Ortega
2005 Alfredo Durán Juan Carlos Remolina
2006 Jesús Herrera y Graciela Morales Manuel Guízar
2007 Manuel Ortega Manuel Ortega
2008 Arnulfo Martínez Víctor Sandín
2009 y 2010 Graciela Morales Manuel Ortega
2011 Graciela Morales Eduardo Guízar y Manuel Guízar
2012 Juan Carlos Arvide Eduardo Guízar
2013 y 2014 Yadira Sosa Manuel Ortega y Justo Alberto Rodríguez
2015 Copérnico Vega Copérnico Vega
2016 Alfredo Durán Yazman Pulido
2017 Jesús del Río y Víctor Sandín Eduardo Guízar

Y tantos más nombres, de actrices (cabe destacar a Blanca Guerra, Graciela Morales, Sofía Rojas, Silvia Salas, Ana Jacobo, Erika de la Llave, Claudia Fragoso, Selma Sánchez, Rita Gironés),  actores (Mauricio Pimentel, Miguel Estrada, Enrique Márquez), escenógrafos (José Ramón Segurajauregui, Valentín Orozco), musicalizadores (Eduardo Solís Marín quien junto a Alfredo Durán tienen los derechos de la música original), iluminadores (Rubén y Gabriel Ramírez, Valentín Orozco), asistentes de dirección (Roberto Briceño, Antonio Zúñiga y Gustavo Jiménez) y técnicos que han formado parte de esta obra.

Yo sigo cuestionándome si hay o no hay relevancia en mantener vigente esta Tradición -o costumbre, como se le quiera llamar, que para el caso no demerita el asunto- porque visto en el panorama actual general de la cultura de nuestro Estado, vamos de mal en peor, por ejemplo: en los últimos cinco años hemos sido testigos (y partícipes por omisión) de un gradual desmantelamiento del patrimonio teatral de nuestra ciudad y nuestro Estado. En primer lugar, hemos dejado que el presupuesto para actividades teatrales del departamento fuera subsumido junto al de danza en una misteriosa hibridación llamada “artes escénicas”; por supuesto que no se sumaron los dos presupuestos, en todo caso se redujeron; después se cerró el Foro La Bodega Alterna, quedándonos prácticamente sin infraestructura teatral en la ciudad; ahora vemos como los dineros invertidos en el Programa Nacional de Teatro Escolar llegan con muchas dificultades, al grado de pensar que probablemente no lleguen; y finalmente, el presupuesto de $400 mil pesos que se invertía en la producción del Tenorio se esfumó. La autoridad argumenta que su aportación, equivalente a la cantidad mencionada, está en “el vestuario”, “el uso de la Casa de la Cultura”, “la renta de gradas para las funciones” y “el apoyo a la difusión”. Hagan ustedes sus cálculos.  Lo que es cierto es que la aportación económica que hacía la Secretaría de Cultura para financiar la nómina de actores y gastos de producción desapareció; esta inversión tuvo que salir de los ingresos de taquilla y los esfuerzos económicos de Artemática, que dirige Eduardo Guízar; y sólo así pudo rescatarse esta parte de la historia del teatro en Michoacán.

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Foto de Anabelle Pérez Santillán Cuitzeo, Michoacán, México 2017

Amables lectorxs, que la retórica política no nos engañe, no es cierto que la corrupción sea parte de nuestra cultura. En todo caso es parte de la clase política y de los servidores públicos de nuestro país. La convocatoria del Tenorio lo demuestra: la comunidad teatral hizo segunda al llamado de Guízar hijo quien con tan solo 30 días de anticipación, con un panorama financiero incierto y con faltas graves por parte de la SECUM y su departamento de teatro; sacamos adelante con toda dignidad y respeto la puesta este año. Y como buen hombre de negocios y de teatro, Eduardo Guízar saldó sus cuentas dando un sueldo digno y en tiempo a los artistas michoacanos, -cosa que no podemos decir de la actual administración cultural del Estado. Probablemente este cambio de paradigma en la manera en cómo se realiza esta obra no sea tan malo después de todo, considerando que al no ser organizada y conducida por la Institución, se abre la puerta para una revitalización artística (en la cual sí coincido que falta).

Valga recuperar la experiencia del 2015 en la que el director y dramaturgo José Luis Pineda vio truncado su proyecto de puesta en escena para esta obra, dado que no se apagaba a la “tradición”. Y aquí “tradición” tiene una mala connotación, pues se refiere a la expectativa generalizada sobre esta obra. No lo sabemos de cierto, pero es posible que los cambios que Pineda Servín proponía no fueran los más adecuados para el texto de Zorrilla, pero no es labor de la Institución arbitrar o censurar en este sentido, sino propiciar que haya trabajo creativo y cultural para que los procesos teatrales evolucionen. Si se hubiera permitido hacer esa versión en el año 2015, es probable que hoy pudiéramos estar frente a propuestas arriesgadas pero convenientes para la obra, asunto que permitiría su supervivencia.

Yo todavía no me respondo si la realización de esta puesta en escena es importante y vital para la tradición y la entidad teatral de nuestro Estado (valdría hacer la historia de otras obras que también configuraron la identidad del teatro michoacano, tales como: “El extraño jinete”, “La chunga”, “Ana la americana” de Alfredo Durán; “Los Fantoches”, “Fantasía subterránea para mujer y violín”, “Abran cancha que ahí viene Don Quijote de la Mancha” de Jesús del Río; “Todo de a dos” y “El árbol”, de Fernando Ortiz; “El juicio a Juan de Arco” o “Las Troyanas” de Roberto Briceño, entre otras). Sé que si se olvida el don Juan Tenorio, como puesta en escena tradicional de Michoacán se olvidan muchas cosas, personas y hechos relevantes para el estado de cosas actual del teatro en Michoacán. Y no hay cosa más peligrosa para el bien común que la falta de memoria.

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Foto: Secretaría de Cultura del Estado de Michoacán Casa de la Cultura de Morelia, Michoaán, México, 2017

Agradezco a Imelda Galindo, Víctor Ramírez, Víctor Sandín, Eduardo Guízar, Jesús del Río, Alfredo Durán y Roberto Briceño por la información proporcionada para la realización de esta nota.

También agradezco al resto de mis compañerxs de la puesta en escena 2017 por los gratos momentos durante este divertido proceso.

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