Vender hasta los huesos – Centro Artístico-Cultural Bubamara A.C.

El día sábado tuve la oportunidad de ver la obra “Vender hasta los huesos” del Centro Artístico-Cultural Bubamara AC, con dirección de Sheyla Rodríguez, dramaturgia de Rodrigo E. Torres y las actuaciones de Esteban Vargas, Luis Enrique Betanzo y Xiomara Dioselin Rueda; que se presentó en el Foro ECO, y volverá a presentarse los días 11 y 12 de este mes a las 16:30 Hrs.

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Foto por Said Soberanes

Esta obra de intenciones didácticas nos pone en el lugar de Charles Cash, un empresario de la Guau Dicen Pikchurs (Un símil de la empresa Walt Disney Pictures) que tiene como indicación de su jefe comprar la fiesta del día de muertos; Charles es enviado a Morelia a hablar con Catalina del Garbanzo (cuya identidad es la catrina) que es la dueña de la marca. Las negociaciones implicarán una serie de eventualidades como el rescate de Charles por un Xoloitzcuintle de una turba enardecida, el reencuentro de Charles con su padre y su reconciliación con su hijo.

La obra que, de principio, parece hacer uso de las herramientas y las posibilidades de una actuación clown, no se decide sobre cual va a ser su tono y para el final, la obra está perfectamente instalada en el teatro épico donde lo más relevante es construir una reflexión no tanto sobre el caso concreto del intento de Disney de registrar la marca “Día de Muertos”, como del sentido y simbología de la tradición de Día de Muertos; las actuaciones y el trabajo que en la primera escena funciona tan bien, se ven ensombrecidas por la necesidad del texto de funcionar didácticamente.

A pesar de que el resultado es de una profunda utilidad pedagógica (El uso de la información sobre el altar y sobre los distintos personajes que participan en la historia es brillante), el texto sufre mucho en sus resoluciones narrativas, Rodrigo E. Torres parece tener muchos más temas que tratar y manejar que se le quedan en el tintero de una obra que padece por no arriesgarse a ser más extensa; por lo que el conflicto es presentado y resuelto de manera apresurada.

Por otro lado, la dirección de Sheyla Rodríguez es cuidadosa en no dejar que el ritmo decaiga, y en construir un montaje que atienda y responda al diseño escénico que le apuesta a un semicírculo tipo corral, en la que los actores tienen que cuidar tres frentes en lugar de uno solo. Esto no siempre se resuelve de la mejor forma y, como vemos en la fotografía, afecta incluso en las intenciones mismas de la obra, colocándonos un altar (del cual se analizarán los objetos y contenidos tradicionales) que está de espaldas a dos tercios del público, forzándonos a intuir lo que de hecho está presente en escena.

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Foto de Said Soberanes

Los actores y la actriz por su lado, no terminan de sentirse cómodos en el espacio escénico, mientras que el tiempo previo al inicio de la obra y toda la primera parte introductoria (Como señalaba arriba) es de una jovialidad encantadora; al entrar a sus funciones dramáticas como los distintos personajes, se siente que se estorban por priorizar en el centro de la escena la formación del altar. En repetidas ocasiones vimos pequeños accidentes y aunque los actores supieron resolver correctamente, no dejaban de ser visibles para el espectador.

La iluminación no estorba ni asiste, parece replicar por un lado un día soleado (las condiciones que tendrían si este montaje se realizase en la calle) y por otro sólo ayuda cromáticamente a generar un ambiente en algunos puntos del montaje.

Como una nota lateral, que tiene que ver más bien con el sitio donde sucedió la obra, hay que señalar que la increíble potencia vocal de Esteban Vargas, producto de su trabajo en teatro de calle y circense, en un espacio como lo es el Foro ECO nos ensordecía, cosa que hacía difícil entender los diálogos del personaje.

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Foto de Said Soberanes

Este trabajo, girando de manera más o menos visible en torno a la película Coco de la empresa Disney/Pixar, trata de poner en discusión el procedimiento que distintas instancias de protección del patrimonio han señalado como un peligro patente para sus funciones: La disneylandización del patrimonio cultural. Esto es, que a pesar de la calidad artística de una obra (como puede ser la película de Coco), su funcionalidad política en este contexto específico es la de una bastardización de la celebración, simplificando simbologías, tematizando mercadotécnicamente ciertos puntos de la tradición y volverlas una función turística (No es grave que el turismo aproveche las prácticas culturales de su región, me parece grave que estas prácticas culturales se sometan a las decisiones turísticas y se desarrollen para la espectacularización de una población).

La estrategia que Bubamara toma para contravenir esta sinergia, es la de revalorar el contenido simbólico e histórico que se pueden perder en la ‘traducción’ cinematográfica y hacerlos centrales; el altar de la obra no sólo existe en el escenario, sino que es central en él; se renuncia a escenificar a la catrina como ese diseño de maquillaje tan popularizado últimamente, sino que se trata de recuperar la función crítica que tendría en los grabados de Posadas y las pinturas de Rivera.

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