XL Temporada de Don Juan Tenorio en Morelia

Por Ramsés Figueroa y Said Soberanes

– ¿Qué se reseña cuando se reseña una tradición? – Sobre esto discutíamos anoche tras salir de la función especial para funcionarios, prensa y amigos con la que comienza la XL Temporada del Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, dirigida por Jesús del Río y Víctor Sandín, coproducción del Gobierno del Estado de Michoacán a través de la Secretaría de Cultura de Michoacán (SECUM) y Artemática, temporada que durará del 25 al 30 de Octubre a las 20:30 Hrs. en la Casa de Cultura de Morelia. ¿Por qué una tradición?

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Fotografía recuperada del FB de SECUM

Es decir, hablar del Don Juan Tenorio en Michoacán es hablar de una leyenda que se quiere convertir en rito; con 40 temporadas que la señalan en el estado de Michoacán, como la más antigua de las producciones realizadas aquí, como el último montaje que produce (Este año co-produce) el gobierno estatal, esta obra es vista como el último baluarte teatral de lo que fue el estado de bienestar en Michoacán. Todo esto ha mistificado lo que ya de suyo es llamativo: Una obra cuya temporada de remontaje anual sigue atrayendo a un público cautivo y que, por la función que observé anoche, consigue nuevos espectadores (aunque quizá no al ritmo que lo requiere para mantenerse realizable administrativamente).

De aquí que la voz más escuchada cuando hablas de esto con cualquier moreliano es que tenemos en nuestras manos una tradición (en negritas y quizá incluso con T mayúscula), un acto casi sagrado donde el cambio más mínimo será mirado con desconfianza por un grupo de espectadores ávidos de una experiencia que reconocen bien. Valdría la pena detenerse el tiempo suficiente y con el cuidado pertinente en el sentido con el que se está haciendo uso de la palabra tradición, pero acordemos esta: Es una acción colectiva para conservar y transmitir una memoria común que se considera relevante y fundamental para el mantenimiento de lo social.

¿Qué reseñar cuando se habla de una memoria colectiva? ¿Su interpretación singular? ¿Esta función por que es la última que hemos visto? ¿Sus efectos sociales? ¿Sus metas y su pertinencia? ¿La forma en la que la Secretaría de Cultura hace política pública con esa memoria? Lo ignoramos, quedan aquí estas preguntas como referentes que se entrecruzan en esta reseña.


Vayamos al tema que nos interesa. La puesta en escena se siente apresurada y empobrecida en términos de producción (asumimos que esto responde al respaldo tardío y precario de la SECUM), una dirección que apela a una resolución inmediata que deviene  en tránsito atropellado en escena, que difícilmente rompe la composición plana. Las condiciones del espacio a forma de corredor complicó la interacción entre los actores de escena y las transiciones de las mismas. La iluminación logra en ciertos momentos imágenes acertadas, sin embargo en gran parte de la obra la luz no apoya al diseño espacial y queda la escena en penumbras (aunque se intuye una intención barroca en claroscuros como los vistos en la siguiente fotografía, el resultado no es muy logrado), lo cuál afecta directamente la atención del espectador y el tempo-ritmo de la obra.

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Fotografía recuperada del FB de SECUM

Las actuaciones protagonistas se perciben desentonadas entre sí; mientras que algunos lo interpretan en tono fársico, otros en tono melodrático, y otros más en tono cómico; lo cuál no permite identificar un tono general de la puesta en escena. El tempo- ritmo decae en las transiciones entre escenas o en escenas no sostenidas por los actores. Para el caso de la comparsa, ésta perdió peso y presencia escénica, pues podríamos hacer el ejercicio en esta puesta de prescindir de la misma sin que esto afectara el curso de la obra.

Existen escenas memorables en esta puesta que contribuyen a que la fábula sea bien contada, vemos aquí que el director entiende y conoce la obra; como por ejemplo la tosquedad realista en la escena del combate, la composición de la escena del panteón (haciendo referencia a icónicas imágenes religiosas) y la escena de la entrada de la muerte que viene por Don Juan. El problema radica en que los actores no se transgreden para habitar el texto y el espacio escénico.

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Fotografía recuperada del FB de SECUM

La actuación de Eduardo Guízar, intérprete de Don Juan, cumple en términos de hacer empatía con el espectador y manejo de energía, sin embargo se precibió al actor distraído en escena, quizás por las múltiples tareas en el proyecto, el cuál también produce. En el caso de Sabrina Hernández, interpreta a una Doña Inés plana y poco empática, casi insensible ante la situación planteada; esa manera de representar la inocencia decae en insensibilidad poco matizada. Por su parte Víctor Sandín en el personaje del Comendador destaca en la obra de manera particular, su presencia es contundente y poderosa. El actor Toivo Ochoa interpreta al personaje de Don Luis, el cuál se percibe sobrecargado y desentonado en co-relación a Don Juan; le imprime potencia y presencia, lo cuál se agradece, pero se desentona con el resto de los actores.

Volviendo a la interpretación de Jesús del Río sobre esta tradición, hay que reconocer en su constante uso de una iconografía religiosa y su lenguaje escénico en la segunda parte de la obra, encuadra correctamente las preguntas que Zorrilla desarrolla con esta dramaturgia. ¿Es lo sagrado la única forma para alcanzar la justicia terrenal? ¿Qué hacer ante el mal radical?

Don Juan es un personaje arquetípico, el arquetipo de la desigualdad, es el antihéroe, rico, asesino, corrupto y violador, el cual libra sus desventuras por su carácter burgués y temerario. Es la versión escenificada de nuestros políticos, de los Porkys, de los feminicidas de clase alta. No sabemos ni cómo lidiar con ellos ni cómo recuperarnos socialmente de sus actos, somos incapaces de reconocer una justicia en la tierra. Zorrilla ofrece una respuesta y Del Río la asume y ofrece una interpretación escénica comprensible.

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Fotografía recuperada del FB de SECUM

Ante una tradición michoacana de privilegiar la primera parte de la obra, donde el texto aparentemente exalta la figura libertina y hedonista de Don Juan (la exaltación está más en los montajes que en el texto), Del Río refuerza el tono de la segunda parte, donde se concibe a la virtud cristiana del arrepentimiento y el perdón como las formas de encontrar la justicia, aunque ésta no sea terrena; Zorrilla plantea que es a través del arrepentimiento del victimario y el subsecuente perdón de las víctimas (Sólo Doña Inés puede salvar a un arrepentido Don Juan) que se puede resarcir la falta y alcanzar la justicia. Podemos no estar de acuerdo con la respuesta de Zorrilla (creer, por ejemplo, que la justicia tiene que evitar la falta y no resarcirla), sin embargo Del Río tiene la claridad para llevar esta respuesta a su representación escénica.

La obra tendrá una breve temporada en la Casa de la Cultura y quedamos a la espera de las fechas en las que se presentará en el resto de localidades por motivo del día de muertos. Esperamos que la obra tenga el tiempo de crecer y estabilizar su tempo-ritmo, para el goce de la comunidad michoacana.

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