Silencio. La Ciénega Teatro. Zacatecas.

Por Said Soberanes

Comentaba Juan Velasco, en la Editorial de este trabajo que estamos haciendo, que una de las responsabilidades de los organizadores de una muestra de este nivel es conocer las necesidades creativas y estéticas de los distintos grupos que se presentan. Esto se vuelve a poner en el centro de la discusión cuando nos encontramos una obra que tuvo, de manera evidente, ciertos problemas técnicos y tan poco tiempo para realizar su montaje de luces.

Silencio, de la compañía La Ciénega Teatro, escrita y dirigida por Iván Guardado, y actuada por Noé Germán, Carolina Alemán, Ruth Arellano y el mismo Iván Guardado; es la historia de Clotilde, una madre que tiene que hacerse cargo de su familia dado que su marido Anselmo no es capaz de superar el trauma de haber sido regresado del norte; Rosa, la hija de ambos, es incapaz de soportar la situación y planea escapar. En medio de este conflicto, la figura de doña Mary funciona como un faro moral que nos comparte las ideas que a Guardado le provocan este tipo de experiencias tan comunes en el centro de nuestro país.

Con una estética costumbrista, la obra estaba repleta de pequeños cuadros que recordaban a los formatos del muralismo mexicano y su romantización muy especial de la vida provinciana. Estos cuadros servían de contrapunto con una historia sórdida que constantemente confrontaba al espectador con sus referencias. Se podía vislumbrar en este trabajo una profunda crítica a cierto misticismo mexicano que fue alimentado durante la primera mitad del siglo XX, y al que le debemos este formato de nacionalismo acrítico y atrabancado, pero sobre todo machista.

El problema de la obra fue esa parte de su realización que vimos en los cambios de luces; donde más que cambios se sentían cortes, lo que hacía sumamente difícil seguir el ritmo que la obra proponía. En su mayoría sumamente apresurados y oscuros, los cambios de luces no lograron cohesionar la obra.

Revisando otros registros de la obra, se puede ver que en general, ésta tiene una iluminación que prefiere las penumbras, sí, pero que a diferencia de lo que vimos en el Teatro Ocampo, juguetea mucho más con las transiciones, permitiéndonos apreciar más esos cuadros con los que la obra dialoga.

Fuera de este asunto que sigo cuestionándome si fue un problema de la iluminadora o si esto se pudo haber resuelto con más tiempo de montaje; la obra padece con dos detalles importantes: El conflicto es muy sutil, lo que la hace una obra sin momentos de tensión que cambiasen el ritmo; y el ritmo es aletargado tanto por motivos de la misma trama, como por el estilo actoral que busca cierta naturalidad costumbrista, como ya habíamos señalado, y solemniza una situación de por sí ya solemne.

Creo que el primero no es un problema de la obra, es de hecho, la intención que se descubre en medio de tres repeticiones constantes en la obra: Doña Mary cuenta la historia de otra vecina que decidió romper el cerco de silencio, Anselmo eternamente atrapado en sus recuerdos del norte y Rosa que intenta constantemente huir de casa para tratar de romper el ciclo. Estas tres repeticiones atraviesan a Clotilde que, a diferencia de su hija, es incapaz de romper el cerco de silencio que se ha construido a su alrededor para que no cambie, para que no elija otra forma de ser. Este es el conflicto y necesita ser sutil por un mero criterio de realidad.

Ahí. Cuando hemos entendido que Clotilde no romperá el cerco, que lo deseará toda su vida, pero que este cerco es de ella. Ahí, comienza Clotilde a cantar una canción de Cornelio Reyna, Te vas, angel míocreando un momento hermoso que disfruté profundamente.

Aún cuando de labios de Doña Mary escuchamos la postura del dramaturgo, en que Clotilde debe ir en la búsqueda de otras posibilidades, creo que no hay ningún riesgo en la resolución del conflicto (Clotilde sólo asumirá el paso del tiempo); si bien resulta melancólico este final, nos adeuda una postura más clara frente al nacionalismo y el machismo subsecuente del que hablábamos con anterioridad. Sólo se siente amargo.

Silencio es una obra en la que reconozco una gran carga simbólica en juego, pero que lamentablemente tuvo una función muy atropellada; responsabilidades aparte, nos insta a cuestionarnos sobre los criterios operativos con los que se realiza la Muestra Regional.

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