Las lagañas de Oetl. Funámbulo Laboratorio Escénico. Jalisco

Tuve que buscar en internet (Youtube para ser exactos), el vídeo de la obra las lagañas de Oetl, dirigida colectivamente por el grupo Funámbulo Laboratorio Escénico, con dramaturgia de Gilberto Casas, y las actuaciones del mismo Gilberto Casas, Carlos Méndez, Tania de la Peña y Rafael Eivan Castellano; busqué su video, decía, para poder quitarme de la cabeza la melodía tan pegadiza que será su leitmotiv y sólo logré pegarme más a ella. Este es mi primer y más importante comentario sobre esta obra: Lo que pasa en ella es pegadizo (que no pegajoso) y no te suelta, no deja de resonar en tu cabeza aunque pasen días y días.

Esta obra es un hermoso ejercicio fársico donde la historia es lo de menos, pero no deja de importar (Bonita paradoja que dinamiza la relación entre la narración y los cuadros meramente lúdicos), en ella se cuenta la historia del pollito Oetl y su encaminamiento a la muerte, cuando una doctora cambia su corazón con el de un humano, Oetl alcanza a ver algo distinto – Nuestras vidas son una cinta transportadora que nos lleva al matadero – las nuestras, las de todxs. Al hacer una crítica a la industria avícola, Funámbulo hace una crítica al sistema capitalista que requiere vidas precarias para poder movilizar el capital.

– No seas chairo – Le dice un pollito a Oetl cuando les dice que están siendo engordados para morir. Probablemente, alguno de ustedes quería usar la frase para mi último comentario.

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Fotografía de Said Soberanes

Para hacer teatro, y esta obra nos lo muestra muy bien, no se necesita que nuestro mensaje esté rodeado de una suntuosa escenografía y una trama repleta de intrigas y de momentos inenarrables, sólo hace falta un bodegón y 4 pollos. Por esto es que vuelvo a preguntar algo que cuando nos referimos a las decisiones estéticas de la autoridad cultural michoacana ya se ha vuelto costumbre: ¿El Ocampo era el lugar más acogedor para una obra de estas características? ¿Cómo salvas la distancia que esa fosa de orquesta genera? Carlos Méndez tuvo una solución muy clara, tomando vuelo, saltó la fosa para caer en medio del público.

Gracias a un excelente grupo de actores, la obra comienza en un ritmo delirante que nos atrapa inmediatamente, y que no nos suelta por un buen rato, sin embargo, se puede sentir por ese mismo ritmo como los actores, faltando poco para el final, empiezan a modularse para poder aguantar el tiempo de la obra que hace falta y su ritmo baja.

Constantemente vuelvo, y por eso les pido consideración, a la reflexión de Harun Farocki sobre ¿cómo mostrar la violencia sin que nuestro espectador cierre los ojos a ella? ¿Cómo evito que el público trate de evitar sufrir un trauma cerrando los ojos? Y este trabajo me parece una gran respuesta: Si bien, el ritmo acelerado y la supuesta falta de linealidad narrativa hacen de la obra un producto que genera tensión, lo que hace que el contenido teórico (la crítica a la industria avícola) se reciba desde un lugar de incomodidad, la permanente lúdica que tienen los artistas no nos insta a cerrar los ojos sino a no olvidar, a avergonzarnos cuando nos decidimos a comprar una pechuga de pollo porque no podemos olvidar que van los pollitos a sus jaulas, y que van los pollitos a morir.

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Fotografía de Said Soberanes

 

 

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