L-Ate, adiós un abrazo y un dulce para el camino

Por Gunnary Prado

El día de ayer concluyeron los trabajos de la Muestra Estatal de Teatro 2017 en Michoacán. Tuvimos la oportunidad de ver dos puestas en escena “Respira y chuta” de Verónica Villicaña con la dirección de Everth Yamil Islas y “L-Ate, adiós un abrazo y un dulce para el camino”, dramaturgia y dirección de Manuel Barragán.

Aunque esta nota es para compartir mis reflexiones en torno a esta última no puedo dejar pasar algo que inmediatamente saltó a mi vista: las obras son periecas[1]. Al encontrarse en el mismo paralelo, las semejanzas entre ellas son insólitas. Miremos por ejemplo los asuntos formales, las dos puestas en escena se desarrollan con cuatro actrices, las dos son puestas que tienen como principal fundamento la condición femenina, las dos obras retratan la influencia del contexto social en los conflictos de los personajes; ciertamente en una (Respira y chuta) los personajes centrales son cuatro mujeres adolescentes que pertenecen a una clase media, media alta que ubicamos en el ámbito urbano con sus valores aspiracionistas, y por el otro lado, en L-Ate, los personajes centrales son cuatro mujeres adultas de una clase baja que ubicamos en el ámbito rural en la provincia mexicana, con su visión pragmática de la vida. En términos de contenido, las obras se siguen ubicando en el mismo paralelo: son historias que se centran en la autorealización y la búsqueda de la felicidad. Ambas desde una tipificación radicalmente acentuada de los personajes y sus ámbitos sociales. Este último asunto es lo que más me interesa problematizar. Como se ve las preguntas que insisten en esta reflexión son, ¿quiénes son estos personajes?, ¿en dónde encontramos a estos personajes?, ¿cuál son sus conflictos?, ¿qué visión de mundo se filtra detrás de las historias de estos personajes?

Me concentraré únicamente en L-Ate para intentar responder a estas preguntas. Los personajes de la historia de esta obra son cuatro mujeres, Pelancho, una mujer madura que recogió a tres niñas, Laura, Julia y Elena, estas tres huérfanas que fueron abandonadas por su madre en una estación de autobuses. Todas viven en una pueblo rural de alguna provincia mexicana, se intuye que en Michoacán considerando el dulce de guayaba como un indicio regional, pero no necesariamente. El problema principal que alcanza a las cuatro es la naturaleza sui generis de su núcleo familiar: Pelancho no es la Madre, Elena la hermana más pequeña, ha muerto hace varios años pero ronda en la casa como espíritu.

En distintos grados, pero todos los personajes padecen una herida ontológica, es decir, en su origen han sido marcadas por un evento trágico, por ejemplo, Pelancho conserva para sí la historia de su origen, al revelarlo conocemos su terrible origen, ella también abandonó a sus propios hijos, ya que estos eran sus hermanos, producto de las violaciones sistemáticas de su padre que además pretendía a obligarla a una vida conyugal. Laura, la hermana mayor, obsesionada por encontrar a su madre viaja todos los meses a pueblos, ranchos y municipios circunvecinos con la esperanza de que al encontrarla pueda saber “quién es ella”, “cuál es su origen”. Julia, la hermana de en medio es una joven frágil y deprimida que no se despide de su pequeña hermana Elena (de hecho, el espíritu de Elena nunca se fue de la casa por la fuerza de invocación de Julia), fue “plantada en el altar” por un joven homosexual del pueblo que el día de la boda decidió fugarse con su pareja. Finalmente, Elena es una jovencita que desde pequeña tenía una afección cardiaca que finalmente la mató, pero, como ya hemos dicho, nunca se fue “del hogar”, siguió viviendo en la casa con el resto en forma de espíritu. Al principio de la obra, las cuatro se asumen como “mujeres solas” en compañía de las otras, como “mujeres abandonadas” salvadas por las otras. Una condición ambivalente y paradójica que termina por esclarecerse al final: ciertamente su familia no es una familia convencional ni natural, pero es SU familia, se tienen unas a las otras.

Detrás de este melodrama costumbrista observamos nuevamente el talante y el temperamento de Manuel Barragán que ya puede plantearse como un estilo propio: relatos altamente emocionales centrados en la pérdida, el desamor, el abandono en sus personajes; protagonizados en su mayoría por mujeres (vale recordar sus montajes anteriores A lo mejor te encuentro, Antonia, Novia de Rancho) situados en un contexto y circunstancia del México actual y provincial. En algunas de esas piezas, como en esta ocasión, hemos visto que Barragán trabaja con base a estereotipos sociales, reduciendo al mínimo la calidad y complejidad de sus historias; precisamente por la estructura melodramática, el afán no es la toma de conciencia o reflexión del conflicto o asunto en cuestión, sino la conmoción y empatía frente a lo que vemos, sin duda en esto último es tajantemente exitoso. No obstante, esto se debe en gran medida a las alianzas artísticas que ha desarrollado desde varios años con actrices como Paulina Rosas (Laura), Nora Lucía Díaz (Julia), (que alterna funciones de esta obra con Elphis Corrales, como en esta ocasión), Noemí Uribe (Elena), recientemente con la grandiosa Teresita Sánchez (Pelancho). Todas ellas son actrices de una gran potencia emocional, interpretación cálida y afable, que es prácticamente imposible no involucrarse con ellas.

En términos escénicos la obra es pobre. Entiéndase en el sentido de que tiene los elementos mínimos necesarios para caracterizar una casa rural humilde, traídos de manera aleatoria, ya que no se observa un código visual o una construcción estética intencionada por parte de Vaso Teatro y PuntoCero (responsables de la escenografía), por el contrario, lo que vemos es un espacio escénico “que resuelve” metonímicamente un espacio dramático. Lo mismo ocurre con la iluminación escénica (que aunque el programa de mano señala que está cargo de Rafael Paz Camacho es un error. Él no fue responsable del diseño, ni del montaje de iluminación), que por momentos parecía no tener una organización o concepto, únicamente se buscaba “que se viera la obra”. Asimismo con el vestuario, la utilería, el atrezo. En la musicalización encontramos otro asunto singular del estilo del director, aunque en los créditos se señala a Eros Ortega como responsable del diseño sonoro, en la pieza escuchamos la predilección por la música popular mexicana del estilo de Juan Gabriel y todas las cantantes que dieron voz a sus composiciones, como Rocío Durcal, Ana Gabriel, Marisela, Dulce; también baladas de los años 60ª, 70ª y 80ª como la pieza musical emblemática de la obra en cuestión, “Rosas en el mar”, interpretada por la cantante y actriz española Massiel, que ya hemos oído en otras obras de Barragán. De manera particular, yo le cuestionaría a la producción ejecutiva a cargo de Elizabeth Navarro si no convenía para la puesta conservar un espacio intimista como el de Foro La Ceiba. Tal parece que la amplitud del Teatro Ocampo no beneficio el tono actoral que buscaba ser personal, emotivo, interior. Muchos aspectos de la emoción y la expresión gestual se alcanzaban a perder en esa enorme bocaescena italiana y parecía que las actrices tropezaran o tuvieran problemas de texto, y quiero pensar que no fue así, sino por el contrario, el espacio les jugó en contra.

Lxs que formamos parte de este medio sabemos del reconocimiento a nivel estatal y nacional que ha conseguido Barragán como dramaturgo (recientemente obtuvo la postulación de finalista en el Premio Nacional de Dramaturgia “Gerardo Mancebo del Castillo”; en el 2016 ganó el premio de dramaturgia joven “Teatro Sin Paredes”, entre otros). También sabemos de su enorme capacidad de trabajo, asombrosamente Manuel puede participar como dramaturgo, director o productor en hasta cuatro puestas en escena al año, si consideramos los innumerables detalles y esfuerzos que deben hacerse para erigir una sola puesta en escena, este récord es admirable. Pero por la fuerza de esta inercia, ¿no sería momento para Barragán y su equipo de trabajo de parar un momento y re-pensar su programa poético?, mismo que ya tiende a repetirse. Porque, ¿cuándo el estilo es estilo y no repetición? Esa, esa es una pregunta para otra ocasión.

En horabuena por las actrices de este montaje[2], mi reconocimiento y agradecimiento por su esfuerzo y trabajo creativo. Les envío un enorme aplauso porque me conmovieron hasta las lágrimas.

 

_9c3208b4393ff58a499390ee8449f327,8Fuente: https://goo.gl/images/B278GN

 

[1] Dicho de una persona con respecto de otra: que habita en un punto del globo terrestre sobre el mismo paralelo que ella, pero sobre el meridiano opuesto. (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

[2]  Asimismo a las actrices de Respira y chuta, también les abrazo. Su versatilidad y carisma actoral son meritorios.

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