Elena sabe a dulce

Lo que mira a los hechos, se acerca a la hipotiposis.

Quintiliano Marco Fabio, Instituciones oratorias

¿Conocen la región de la Tierra Caliente michoacana? ¿Gabriel Zamora, Nuevo Urecho, Múgica, Apatzingán, La Huacana, Churumuco, Turicato, Arteaga, Buenavista o Tacámbaro? Yo he tenido la oportunidad de visitar todos estos lugares alguna vez; más de una vez en algunos de ellos. De hecho, hace muchos años me enamoré de un hombre que era originario de Gabriel Zamora, del mismísimo Lombardía, se llamaba Miguel Ángel, y durante mis años de relación con él viajamos en muchas ocasiones a la Tierra Caliente. En esa época conocí cosas muy interesantes y gratas de la región y de su gente. Por ejemplo, descubrí que las tortillas de comal, los frijoles, la carne asada y la cerveza saben mejor, yo no sé si será el calor, pero un taco de frijoles con queso o un pescado zarandeado a lado del río Balsas es más bueno. Descubrí que la gente es abierta, franca (a un grado casi embarazoso), que no se intimida para decirte lo que le incomoda, le desagrada. Lo mismo pasa con la amistad y el amor, se gritan con mucha claridad. El paisaje es asombroso, después de salir de Uruapan rumbo a Gabriel Zamora encuentras un bosque rebosante que paulatinamente va tomando forma de manglar, entonces la humedad vaporiza los cristales del auto. En la caseta de Santa Casilda sabes que ya llegaste: todo el horizonte huele a mangos, a sal, a río. La Tierra Caliente es una de las regiones más ricas del Estado, tiene la mayor concentración de producción agrícola, ganadera, apícola. Posee una hermandad cultural con Guerrero (además del temperamento, por supuesto) ya que las tradiciones culturales (la música terracalentana, el baile de tabla, la gastronomía, la tradición oral, etc.) se comparten en ambos lados del límite geográfico.

En el año 2007 cuando visitaba esa región nada sabía. Los lugareños nos decían que “por ahí mejor no se vayan”, “a tal hora mejor ni salir para no ver lo que no se quiere ver”, “unx mejor ni pregunta, ni indaga porque no es asunto suyo”. El asunto de los grupos armados organizados ligados al narcotráfico estaba muy velado y entre la población se manejaba de manera superficial. Evidentemente la autoridad y la inteligencia militar de nuestro país sabían que esa región era una bomba de presión y que en cualquier momento estallaría (hay que recordar aquel terrible episodio en el año 2006 al inicio de la administración calderonista de las cinco cabezas arrojadas en una pista de discoteca en Uruapan. Acontecimiento primero en su clase y que marcaría el inicio de “la guerra contra el narcotráfico”[1]). Fue en el año 2008 cuando todo estalló: el cártel conocido como la Familia Michoacana lanzan granadas a la población civil durante las celebraciones del aniversario de la Independencia el 15 de septiembre en plena plaza pública de Morelia. Es un hecho, la Tierra Caliente estaba secuestrada primordialmente por un grupo armado: La Familia Michoacana y su conocido líder el “maestro” Servando Gómez “La tuta”. En el 2011, la Familia Michoacana se fractura y surge otro grupo criminal, “Los Caballeros Templarios”, liderados por Enrique Plancarte “El Kike”. El 14 de mayo del 2011, Miguel Ángel muere junto con su hermano en un fuego cruzado entre supuestos miembros de los Caballeros Templarios y el ejército mexicano. Los enfrentamientos armados y la defensa del territorio entre el Ejército y la Familia Michoacana, Los Caballero Templarios y el Ejército, La Familia Michoacana y los Caballeros Templarios se extienden hasta el 2013. Dejando devastada la tierra caliente en materia de seguridad, comercio, cultura, vida cotidiana, desmembradas las familias, y asesinado el amor. Es así como surgen las milicias civiles, denominadas autodefensas. Para abril del 2014, en plena administración peñista, Murillo Karam (el “ya me cansé) se reúne con estos grupos “exige el desarme” de los grupos de autodefensas, “asegura que la región se ha recuperado y está a salvo”. [¿La región se ha recuperado?] Después vendría un terrible episodio conocido en el imaginario colectivo como “Ayotzinapa”… y otros más.

niños guerra

 

Y, ¿por qué traje a colación todo el relato anterior? Imagine usted que le cuenta este relato una niña pequeña. Que le cuenta cómo repentinamente debe dejar su casa, su comunidad, a su familia, a su perro para ir a pasar “dos semanas” con una tía que no conoce en un ciudad que desconoce aún más. Esas dos semanas se extienden indefinidamente hasta que es claro que ya nunca regresará a su rancho, al “Aguacate”, que no volverá a ver a su mamá, ni a su perro “alcarajo”. En la obra no se habla explícitamente de la región de la Tierra Caliente michoacana, y “El Aguacate” es un lugar inventado (el rancho de donde es originaria Elena no existe), sin embargo, al desarrollarse la obra se trasmina ese contexto focalizado en esa región. ¿Lo imagina usted? ¿Qué es lo que contará la niña? Que los de la maraña (este es el eufemismo que utiliza la obra para enunciar ese contexto violento del que tiene que huir Elena) tienen poder, prestigio y respeto, porque tienen mucho dinero y mejores camionetas. Que la gente del pueblo desaparece porque caen a un hoyo negro profundo donde la maraña los arroja. Que con la maraña no hay que meterse. Y cuando llega a la ciudad con su tía, rápidamente se da cuenta que ahí a la gente no le gusta oír la verdad, que los niños juegan a las escondidas sin tener miedo a que la maraña los desaparezca.

Esta fue la obra de teatro que vimos ayer en la Muestra Estatal. Cuando veo esta puesta en escena no dejo de pensar en todo los asuntos velados (es decir, el tema de los grupos criminales organizados que amenazan a los civiles, la “guerra” contra el narcotráfico, las consecuencias de esta, etc.) que hay detrás de la historia de Hasam Díaz llevada a escena por la compañía Parasubidas Teatro. Y me pregunto si este ocultamiento es deliberado o necesario. No es lo mismo, porque en un “ocultamiento deliberado” equivaldría a un tratamiento superficial de asuntos graves. En el “ocultamiento necesario” observaríamos que el propósito de la historia de “Elena sabe a dulce” no es dar [nuevamente] un testimonio de esta década de guerra contra el crimen asociado al tráfico de drogas; sino contar la experiencia de una niña que en su memoria todos los recuerdos son borrosos como una fotografía que se ha humedecido y, cómo tuvo que rehacer esa memoria para poder seguir adelante, construir sus recuerdos a partir de anhelos y sueños. No obstante, pensemos que la estrategia del relato es un “ocultamiento necesario”, luego, hay que preguntarnos, ¿para qué contar esta historia (la restitución de la memoria a través de los anhelos renovados) en el marco (velado, ya dijimos) de los acontecimientos violentos relacionados con “la maraña”? También a esta pregunta hay respuestas alternativas, por ejemplo: porque el autor es michoacano, Michoacán es conocido como el lugar del nacimiento de la guerra contra el narcotráfico y ese contexto nos concierne a todos; porque el autor estaba interesado en ahondar en estos asuntos pero traducirlos a un público infantil; porque es un tema tan insistente que no pudieron salvarse de la tentación de tocarlo. (Valdría la pena hacer un recuento claro de cuántas obras de teatro relacionadas con la violencia de este tipo se realizaron durante los años de mayor auge de este asunto. A lo mejor ahí descubriríamos una tendencia reactiva al contexto social de los hacedorxs de teatro o simplemente una moda “políticamente correcta” pero superflua en sus contenidos y estrategias poéticas).

La puesta en escena de Paz Camacho tiene, al igual que Los cuervos no se peinan una larga trayectoria: fue producida con apoyo del Programa Nacional de Teatro Escolar para Michoacán en el año 2015, ofreciendo más de 80 funciones durante el 2016; recientemente concluyó una gira de 16 presentaciones por el Estado con el programa de Coinversiones Estatales de la Secretaría de Cultura. La función de anoche se realizó con la participación de Valentina Freire, Cinthya Bejarano, Sergio Orozco y Abril Cira. La responsable de la producción ejecutiva es Paulina Cuiríz Ríos.

Como ya he dicho, el relato escénico de esta pieza está hecho desde el punto de vista de Elena. Esto es aún más relevante si consideramos que la obra también está montada sobre la ya mencionada tendencia de llevar la narración al drama (mal llamada narraturgia). Aunque en este caso sería mejor hablar de llevar drama a la narración. La diferencia estriba en que en el primer caso, deberíamos observar que la puesta en escena sustrae de dramaticidad a un relato narrativo a través de formas teatrales como el diálogo, la acción mimética, el movimiento escénico, etc. Mientras que aquí lo que vemos es la preeminencia de la narrativización de los acontecimientos de la fábula y que la acción escénica está avocada a ilustrar lo que el narrador va enunciando. (Curiosamente este retorno a la función narrativa en el teatro, aproxima al teatro contemporáneo a las formas primigenias del género: a la tragedia griega, por ejemplo —donde el material narrativo de los mitos alimentó el drama o el teatro Medieval o renacentista, que tomó de la Biblia y la tradición oral sus fuentes principales. El caso de Shakespeare que toma sus materiales de la historia, la crónica y la novela—. Estamos frente a un teatro donde observamos a un actor/actriz-personaje narrador que interpela directamente al público con su relato sin salirse del marco de la ficción. Claramente estamos ante a lo que la retórica clásica había denominado como hipotiposis;  dicho sea de paso, ¿y entonces, dónde están las formas del “teatro contemporáneo”?)

Por todo lo anterior el mayor peso de la acción dramática cae sobre la actriz narradora que personifica a Elena, Cinthya Bejarano hace un trabajo de interpretación honesto y fresco. Por momentos la emotividad parece desbordarse al grado de comenzar a estorbar. El resto del elenco que acompaña a Bejarano también se destaca por su frescura. No acometen las hazañas gestuales que vimos en la otra pieza de la misma categoría pero cumplen cabalmente con el relato visual y físico de la obra. Como ya lo mencionaba en el caso anterior, “el privilegio de la repetición” ha permitido tener una puesta en escena con excelente ritmo escénico y actoral. Visualmente la obra es muy agradable: un espacio minimalista (un piso y dos telones, uno de fondo y otro de attrezzo elaborados con tela texturizada con flores y figuras fitomórficas) y unos cuantos objetos muebles (un cubo, una silla, una mesa de pasillo) coloreada con la iluminación del futuro (me refiero a la lámparas tipo LED color cyan, blue, magenta) que reviste vibrantemente todo el espacio. Toda la escena tiene una estética kitsch que juega con la saturación en el texturizado de los pocos elementos en ella. La música que acompaña este cuento escénico no es precisamente relevante, se utiliza para marcar transiciones, cambios de espacio, aceleración o ralentización del tiempo dramático.

 

 

Fotos de: Zeltzin Guerrero Altamirano

Cuando Quintiliano habla de la hipotiposis, la figura retórica que se inclina a relatar los hechos, lo hace en oposición a la mimesis, ya que esta está más orientada a la burla dice,

Pero aquello de poner una cosa, como dice Cicerón, delante de los ojos, se suele hacer cuando se cuenta un suceso, no sencillamente, sino que se demuestra cómo sucedió, y no todo, sino por partes; lo cual comprendimos en el libro anterior en la evidencia, cuyo nombre dio Celso también a esta figura. Otros la llaman hipotiposis, esto es, una pintura de las cosas hecha con expresiones tan vivas, que más parece que se percibe con los ojos que con los oídos, Y no sólo nos figuramos lo que ya ha sucedido o actualmente está sucediendo, sino lo que ha de suceder o debía de hacer ya sucedido. […] La imitación de las costumbres de otros, que se llama etopeya, o como otros más bien quieren mimesis, puede contarse entre los afectos menos vehementes. Porque ella sirve por lo común para las burlas; pero se comete no solamente en los hechos, sino también en las palabras. Por lo que mira a los hechos, se acerca a la hipotiposis. (Marco Fabio, Quintiliano, Instituciones oratorias, p. 87- 95)

Cuando se habla de temas tan sensibles como los que toca Elena sabe a dulce ¿se debe optar por contar los hechos o la imitación de los hechos? El primer modo demuestra cómo sucedió; el otro modo, el de la etopeya o la mimesis es menos efectiva para saber lo que sucedió porque en la re-presentación o imitación se abren intersticios: la función clara de la ficción que permite el paso al “cómo pudo haber sucedido”. Es claro que contar los hechos guarda cierta solemnidad que la mimesis no. Pero si siempre guardamos solemnidad ante los hechos que nos acontecen no habrá espacio para la imaginación, la esperanza, los anhelos.  Creo que esa es la gran lección de Elena, atesorar en nuestro interior  la esperanza, los anhelos, la imaginación como fuerzas relevantes de nuestro ser, para lo demás, para los momentos felices podemos echar mano de la imagen externa: los humanos prehistóricos tenían las cuevas como Lascaux nosotros tenemos nuestros smartphone.

altamira

 

20729193_1100688340032960_8796230334158711216_n

 

[1] Para tener más información sobre la historia de “La guerra contra el narcotráfico” en Michoacán recomiendo leer la columna: https://news.vice.com/es/article/michoacan-origen-y-cronologia-de-la-guerra-contra-el-narcotrafico-en-mexico [Consultado: 11/08/17]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s