!Muera la Constitución! !Viva la Constitución!

Anoche se presentó en el Teatro Ocampo la obra ¡Muera la Constitución! ¡Viva la Constitución! autoría y dirección de Gunnary Prado, una producción de Espacio Vacío Teatro como proyecto ganador en respuesta a la convocatoria de la Muestra Regional de Teatro Histórico del Fondo Regional de Teatro Histórico del Fondo Regional para la Cultura y las Artes Centro Occidente, misma que se presentó en el Teatro de la República en Querétaro donde participaron también colectivos de los estados de Jalisco, Aguascalientes, Nayarit, Zacatecas, Colima, San Luis Potosí y Querétaro; con motivo de conmemorar el Centenario de la Constitución de 1917.

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Fotografía de Fausto Jijón

Como la autora lo describe, su obra es:

Una propuesta escénica que tiene como principal fundamento el enfocar los acontecimientos sociales, ideológicos y políticos que se entretejieron durante los años 1914-1919 y produjeron la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y el fin de la revolución agrarista que vivió en México del año 1910 a 1920.

La obra se ostenta como un drama histórico, creado a partir de una investigación y basado en una diversidad de fuentes a los que la autora coloca en un campo de ficción físico y temporal para reunir principalmente a seis personajes históricos: Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Venustiano Carranza, Francisco J. Mújica y Ricardo Flores Magón.

En el caso de la textualidad, podemos entrever un drama ubicado en la narrativa principalmente, con recopilación de pasajes históricos o datos relacionados con la promulgación de la Constitución. Esta estrategia dramática, si bien responde a una fidelidad de la investigación, no así al ejercicio escénico de la dialogicidad del texto, mismo que no logra trasmitir del todo su sentido al espectador. La complejidad quizás del teatro histórico radique en principio en la pertinencia temporal de los discursos, así como la construcción de universos ficticios paralelos en relación a hechos históricos velados. La historia es la historia del que la cuenta, no es la historia de la verdad.

 

En el caso de la puesta en escena la directora (que es la misma autora) comparte en el programa de mano:

La obra no tiene un enfoque convencional sobre dichos acontecimientos históricos, por el contrario, utiliza los recursos de la parodia y la ironía en varios momentos para construir una mirada crítica ante estos sucesos, de tal manera que podamos observar con mayor amplitud las ideas, las batallas y sacrificios de hombres y mujeres de la época en esa Revolución y cómo, a 100 años de la promulgación de la Constitución Mexicana, queda muy poco de ella; probablemente sólo la urgencia de un llamado a un nuevo Constituyente.

Esto nos acerca a entrever el tono de la puesta en escena, que oscila entre lo solemne, lo irónico y lo fársico. Lo que no parece estar precisado del todo es la contundencia del mismo, pues parece que dichas tonalidades actorales son muy dispares entre sí y que el tono en la escena es más bien involuntario que predispuesto.

Considero que la obra tiene problemas de tempo-ritmo, no alcanza a homologar un tono y energía actoral que responda a la atención pertinente de cada escena, además las transiciones entre escenas (protagonizadas principalmente por la aparición de un narrador que no define su existir en la obra) se convierten en un espacio aleccionador y didáctico del discurso planteado, en una interpretación actoral poco empática. A esto, suma la iluminación poco acertada, pues la constante penumbra provocaba un espacio de cansancio visual que no ayudaba al desempeño actoral, afectando directamente al ritmo de la obra.

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Fotografía de Fausto Jijón

El tono irónico planteado desde la dirección, se convierte en una banalización del conflicto que no aporta a los planteamientos argumentales para sostener una postura política contundente frente a la corrupción, cinismo y villanía de los personajes históricos planteados, los cuáles se retratan más como una caricatura que como seres complejos dotados de sumo poder político y social.

Caso aparte y muy acertado, sucede en la escena “del gringo” donde se genera un espacio de ficción surrealista, un gringo adinerado hace una llamada al pasado para advertir a J. Mújica que los ideales de aquella acalorada discusión por la Constitución de 1917 no valdrían la pena al paso del tiempo, pues los ideales revolucionarios se vería mermados por el neoliberalismo, dominados por la ideológica política Carrancista.

Es menester reconocer la ardua tarea del colectivo y de la autora, a sabiendas de que fue un proceso de producción vertiginoso en respuesta a una convocatoria que de entrada acota los planteamientos temáticos, sin embargo, vale la pena detenerse a pensar en la acción dramática más allá de la textualidad. Drama es acción y por ende, la directora debiera rebelarse ante la autora para que permita el encuentro, la confrontación, la dialogicidad, la progresión dramática y con ello, la claridad del conflicto.

 

 

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