Los cuervos no se peinan. ¡Arranca la Muestra Estatal de Teatro 2017 en Michoacán!

Muchos de ustedes saben que la prueba de mayor dificultad que existe en el atletismo es la carrera de los 100 metros planos. Uno de sus mayores retos son las salidas en falso, puesto que estas ocasionan la descalificación inmediata del corredor o corredora. No es de extrañar que el momento más crítico para la concentración de lxs correderxs es cuando se postran en sus bancos de salida y esperan el disparo, se dice que están “a la caza de la salida”.  Justamente así, estábamos ayer, “a la caza de la salida”, en el Teatro Ocampo porque se inauguraba la Muestra Estatal de Teatro. (Es más correcto decir «arrancaba la muestra [mínima] “estatal” de teatro de Michoacán del año 2017»). No podría asegurar que las coordinadoras lo pensaron con anticipación, pero seguro que estarían de acuerdo en pensar que una salida en falso no es deseable en uno de los eventos más importantes de la comunidad teatro en Michoacán. (Una comunidad que además está particularmente sensible con la gestión institucional por la falta de pago de las actividades hechas durante el año 2016 y otros eventos relacionados con el cierre de un importante teatro, proyectos de apertura de teatros y realización de temporadas inconclusos, etcétera).

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Para cazar la salida de la Muestra, sin duda Los cuervos no se peinan… representaba una buena marca: es una puesta en escena que surgió como un proyecto de teatro independiente de la compañía Córvido Teatro, basada en el texto homónimo de Maribel Carrasco, una de las dramaturgas mexicanas más destacadas de la escena contemporánea, particularmente en el rubro de teatro infantil y juvenil. Misma que se estrenó a principios de este año en el Centro Dramático de Michoacán, que actualmente se encuentra en temporada en la Sala Xavier Villaurrutia en el Centro Cultural del Bosque de la Secretaría de Cultura Federal desde el 5 de agosto y permanecerá hasta el 24 de septiembre y se proyecta como puesta en escena del programa de Teatro Escolar de la Ciudad de México. Por todo ello, sin lugar a dudas, era garantía de empezar con el pie derecho dicho evento. Además nos da elementos claros del contexto o circunstancia en el que se despliega dicho trabajo. Pero como aquí nos interesa ir más allá de las marcas institucionales debo compartir mi análisis desde otro punto de vista.

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Los cuervos no se peinan. Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza, es un cuento pensado para la escena que relata la historia de Emilio, un niño-pájaro sometido a los deseos de una humana que añoraba ser madre. La obra muestra la vida de Emilio desde que llega en forma de huevo a la puerta de “la mujer del sombrero rojo” (la madre) hasta que cumple 7 años, va a la escuela y descubre que hay algo radicalmente diferente en él. ¿Quién es Emilio?  Y cuando me pregunto quién es Emilio no puedo dejar de pensar en aquel célebre tratado de filosofía, “Emilio o de la educación” de uno de los pensadores más importantes de la Ilustración francesa, Jean Jacobo Rousseau. Este filósofo compila un tratado sobre política y moral, cuestionándose la naturaleza del ser humano, de la cual concluye que es primigeniamente bondadosa pero que en cuanto la persona entra en contacto con la sociedad ésta la corrompe. En términos más bien simplistas el tratado de Rousseau es una especie de manual de cómo salvaguardar esta naturaleza bondadosa del individuo de la corrupta sociedad. Pues bien, el “Emilio” de Carrasco no está muy lejos del “Emilio” de Rousseau: ambos ponen al centro de su fábula a una criatura inocente, ciertamente ideal, que deberá esquivar obstáculos, conflictos morales, deseos para defender la candidez de su naturaleza.

Pero en esta analogía hay varios problemas: por más detractores que pudiéramos ser al pensamiento ilustrado de Rousseau y de sus ideas pre-románticas, el filósofo francés sin duda es una piedra angular en el pensamiento político y moral de la tradición filosófica occidental. En el otro lado, Los cuervos no se peinan, de Maribel Carrasco, aunque toca los temas relevantes no vemos la profundidad y el alcance en sus conclusiones. No obstante, sí hace las preguntas correctas: “¿Quién soy yo?” pregunta el pequeño niño-pájaro; “¿A dónde pertenezco yo?”, “¿Quién soy cuando sueño?” Pero las respuestas son metáforas (obviamente tendría que ser así, porque el lenguaje del “Emilio” de Carrasco es el de la literatura dramática), Emilio tiene en su cabeza una cabellera tormenta que la madre intenta ocultar con una gorra de colores hasta que ya no es posible hacerlo, porque esos girones negros no son cabello son plumas de cuervo y esas no se peinan. O lo que quiso decir, que cuando los niños se hacen esas preguntas su conciencia es una tormenta que puede contenerse por muy poco tiempo, de alguna manera se desahogarán sus inquietudes, y este desahogo siempre nos hace mirar hacia el cielo y caminar el viento. Por eso la madre le dice a Emilio, “Aprende de todo, menos lo de volar”.  Y en esta historia “lo de volar” es muy amplio. Es por ejemplo, el ejercicio de la imaginación, también el ejercicio de la decisión y la libertad, es el cuerpo en pleno uso de sus facultades, es el valor para afrentar amenazas reales o miedos personales. “Lo de volar” es todo aquello que sale del dominio de la madre. Lo cierto es que cuando Emilio, el pequeño cuervo, desde el principio comenzó a volar. Sólo que al principio lo hacía a escondidas de su madre y cuando partió a la escuela no hubo más razón para ocultarlo. De esta manera, observamos como Carrasco sigue muy de cerca el programa educativo del propio Rousseau. La escuela es el espacio donde se educa al individuo, sobre todo y en primer lugar, se le educa para “ser con los otros”. Emilio, el cuervo, aprenderá que sólo puede descifrarse a sí mismo a partir de lo que “es con los otros”.

En este punto me pregunto, ¿qué es lo que hizo Diego Montero (director de escena de la puesta en cuestión) con todo esto? En términos formales la obra está edificada sobre una estética moderna: un espacio minimalista donde el cuerpo de los actores y una banca de madera son los únicos medios de construcción del relato escénico. Prácticamente todo el sistema estético de la puesta está asentado sobre el trabajo gestual y vocal de dos actores (Dania Becerril y Daryl Guadarrama) que erigen un universo de animales no humanos (pájaros, gatos, patos, cuervos) y animales humanos, muy preciso. Habría que señalar que desde la textualidad la obra combina dos convenciones, muy usuales en el teatro actual por cierto, el del relato diegético (lo que se cuenta) y el relato mimético (lo que se muestra). Siendo así, entramos y salimos de dos sistemas ficcionales: por momentos observamos los diálogos entre los distintos personajes: la mujer del sombrero rojo (la madre), Emilio (el niño pájaro), Mateo (su amigo), Tomas (su rival escolar), la maestra, etc.; y por momentos los actores nos narran lo que sus personajes hacen/hicieron/van a hacer. Y al respecto, Montero se pliega enteramente a lo que el texto le pauta. La puesta sostiene un ritmo creciente, y aunque las promesas y expectativas de la trama son anunciadas en demasía, al grado de hacerla predecible, no nos sentimos aburridos o inquietos. Sin contar que los actores se aventuran a interpelar al público infantil, quien no se hace del rogar, de vez en vez, incorporando ese diálogo al desarrollo de la escena. (En relación al ritmo, es importante enfatizar la importancia de saber que esta obra está dando funciones de manera sistemática desde principios del año. Sin duda el oficio hace al maestro. Puesto que los actores fluyen con mucha seguridad en su trabajo, cosa que no puede lograrse sin la constancia de la repetición. Este aspecto resultará interesante cuando abordemos obras de teatro de esta Muestra que no tienen la fortuna de contar con espacios de presentación, como lo es, en la mayoría de los grupos que se desarrollan en Morelia).

Los cuervos no se peinan

Al observar una puesta con tanta disciplina textual, considero que su relevancia no estriba tanto en el ámbito poético como en el simbólico. Para explicar  ampliamente esta idea permítaseme proponer un ejercicio para esta obra, y posiblemente, para lo sucesivo. Imagine usted que tiene la posibilidad del “mute” en una obra de teatro (que no es deseable, porque nosotros acudimos al teatro, entre otras cosas, por ser el último bastión de una experiencia viva en nuestra sociedad altamente simulada mediante la realidad virtual), pero es un ejercicio de la imaginación para comprender mejor lo que estamos viendo. Entonces, imagine usted que puede poner en silencio a los actores, pero estos continúan con sus acciones. ¿Es posible identificar de qué va la obra sin escuchar los diálogos? Si es así, ¿significa que las acciones físicas y movimientos de los actores son un relato eficiente de lo que acontece en la fábula literaria? ¿Esto es bueno o deseable en el teatro? Es decir, ¿está bien que aquello que se cuenta desde el texto dramático sea trasladado al cuerpo y el espacio para que siga comunicándose de la misma manera? Dependiendo de en qué tradición y en qué momento de la tradición teatral te pares, habrá respuestas. Hoy, aquí, yo digo que eso, quiero decir, el hecho de que el relato físico y material de la puesta sea una traducción literal del registro literario es evidencia de lo poco que se ha salido de la textualidad literaria por más experimental que sea haya pretendido ser. Pero ante el vasallaje contemporáneo del teatro al performance y otras formas escénicas no teatrales, un teatro de texto es “dinosaúrico”. Lo sorprendente no es que Montero y sus actores hagan un teatro de texto, lo sorprendente es que sea un éxito (como lo constata la grata recepción y respuesta del público). Por supuesto, llama mi atención como el territorio del teatro sigue siendo dramático, por más “posdrama”, “teatro contemporáneo”, “escena expandida” que hayamos importado y queramos ejercer; lo que quiere decir, que 1) me estoy equivocando; o, 2) los espectadores de Morelia no son posdramáticos, contemporáneos o expandidos; inclusive, puede haber una tercera posibilidad, 3) el arco dramático nunca falla.

Esta es la razón por la cual convoqué una “relevancia simbólica” más que “poética”: la singularidad de esta apuesta estriba en la pertinencia del relato y su adecuada comunicación, no en los riesgos teatrales o traiciones textuales, tan necesarios para la poética escénica. Diego Montero (Director), Ana Gatica (Asistente de dirección y producción), Diana Becerril y Daryl Guadarrama (actores) son jóvenes que integran una compañía de teatro aún más joven, y ante un trabajo tan destacable en términos técnicos y dramáticos, no queda más que buenos augurios para la posteridad. Veremos más de ellos y el aplauso seguirá siendo estruendoso y feliz, como lo fue en esta ocasión. Que dé gracias la institución convocante que el arranque de la Muestra no fue una salida en falso.

 

martes, 8 de agosto de 2017

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